La elección de las próximas dinastías del poder

A más de cinco años de distancia del inicio del sexenio Lopezobradorista en realidad nada ha cambiado en los usos y costumbres de las familias políticas de antes. Con el PAN no fue diferente. ¿Les suenan los hijos de Marta Sahagún de Fox?

Yo sí andaba con el pendiente. Cuando el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, ganó las elecciones presidenciales de 2018, la angustia se apoderó de mí en tanto cronista de las castas políticas de México.

¿Y ahora sobre quién voy a escribir? ¿Quiénes conformarán la siguiente Jet Set? ¿Les alcanzará el apellido para ingresar a las páginas de la revista Quién? ¿Les sobrará el poder para que cubra sus eventos la ¡HOLA!? ¿Serán lo suficientemente conocidos para que entren al catálogo de víctimas de Cuna de Grillos?

Dios es testigo que todo julio de aquel 2018 me acabé las uñas. Y también acabaron con su gelish todas las integrantes de #MiCISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional).

Y es que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) –aunque tuvo un coitus interruptus durante los 12 años que gobernó el Partido Acción Nacional (PAN)– había dejado perfectamente engranado el sistema dinástico mexicano, en el que se heredaban los cargos públicos por el simple hecho de ser familia: Los Salinas, los Del Mazo, los Gamboa, los Beltrones…

Con el PAN no fue diferente. Quizás se hizo más evidente la variable que, en lugar de poder, los herederos fueran coronados con contratos millonarios para sus empresas ¿Les suenan los hijos de Marta Sahagún de Fox?

Gracias al privilegio de la genética se había traspasado el poder político durante al menos tres generaciones e, incluso, algunas de estas sagas se habían emparentado con otras familias políticas para preservar su linaje emulando a la monarquía europea.

Por ejemplo, la nieta de José López-Portillo se casó (y luego se divorció) del nieto de Gustavo Díaz Ordaz. La hija de José López Portillo se casó (y luego se divorció) del hijo de Pascual Ortiz Rubio.

Tras casi 20 años de mover el abanico en distintos medios de comunicación, a la mayoría yo los conocía de cerca, pero sin cruzar la acera de mi independencia periodística.

Les publicaba sus bodas, y me llamaban a agradecer; les publicaba sus divorcios, y me llamaban a mentar la madre, como si las biografías más íntimas de los personajes públicos estuvieran exentas de los claroscuros de la vida.

Pero las dinastías del poder no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

El 2018 llegó con la incertidumbre de quiénes serían los elegidos para acompañar en la cúspide del poder al presidente López Obrador.

Acá entre nos, la primera camada de secretarios de estado, gobernadores, diputados, alcaldes y senadores de la Cuarta Transformación no daban ni para cubrirlos en el TV Notas.

Sin embargo, a más de cinco años de distancia del inicio del sexenio Lopezobradorista en realidad nada ha cambiado en los usos y costumbres de las familias políticas de antes comparadas con las de ahora.

En las dinastías de Morena lo importante sigue siendo el privilegio de la genética por encima de la trayectoria, los lazos de sangre por encima de los grados académicos y el árbol genealógico por encima de la buena reputación.

En el fondo, es lo mismo. Basta con voltear a ver a las familias: Alcalde Luján, Batres, Torruco y Salgado, entre otros.

En el forma si es evidente el cambio. Los linajes de ahora carecen de los conocimientos elementales del arte de la política. Prefieren el grito pelado al debate profundo, el jaloneo físico a la negociación y las palabras altisonantes a esa diplomacia que marca la diferencia entre un político de carrera y un rellena curules.

La buena noticia para todos los guapos es que en esta prole “la sangre azul” tiene fecha de caducidad.

A partir de las próximas elecciones del 2 junio veremos qué miembros de la “realeza” salen y, con ellos, posiblemente su parentela; también llegarán nuevos miembros (conocidos y desconocidos) y con ellos una nueva generación de “virreyes, príncipes, duquesas, marquesas, condes y barones”. Esto aplica para cualquier partido político que llegue a “La Silla del Águila”.

Lo importante es seguir de cerca a las y el candidato presidencial, pero no perdamos el enfoque de los apellidos que los acompañan en la campaña, de su círculo más cercano, porque ahí estarán las próximas dinastías del poder del 2024 al 2030.

*@betotavira

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