Sin ser practicante de la religión católica pero sí lector incansable de su Historia, la bendición del papa Francisco a las parejas homosexuales, la considero como una suerte de “regalo” que llega tarde, maltratado e incompleto
En esta época de regalos navideños el papa Francisco ha querido darles un obsequio a los guapos católicos-apostólicos-romanos a los que les gustan otros guapos: van a poder recibir, en sus uniones homosexuales, una bendición por parte de los sacerdotes de la Iglesia católica.
Eso sí, nada de ceremonias que equiparen esas uniones con el matrimonio, ese regalo sigue siendo para “la unión exclusiva, estable e indisoluble entre un varón y una mujer, naturalmente abierta a engendrar hijos”.
No es una broma del Día de los Santos Inocentes. Esta decisión la dio a conocer esta semana El Vaticano, a través de un documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (leer aquí), el cual avala las bendiciones como un gesto de “proximidad pastoral” tanto para las parejas “en situaciones irregulares” –es decir, todas aquellas heterosexuales que no están casadas por la Iglesia– como para las parejas de Gays y de Lesbianas.
“¡Qué detallazo de don Francisco!”, dirán algunos guapos de la diversidad que son católicos. Aunque algunos guapos de la diversidad que somos agnósticos, sabemos que este guiño del papa Francisco a la bandera del arcoíris es una limosna disfrazada de bendición.
Desde su llegada a La Santa Sede, por allá de 2013, Jorge Mario Bergoglio dijo sobre la homosexualidad que él no era quién para juzgarla. Luego, en 2020 Susan (como le decimos los guapos a Su Santidad), afirmó que las uniones del mismo sexo tenían derecho a formar una familia. Hombre, gracias por “el permiso”, pero aún sin él en 2021 me uní en matrimonio por lo civil con mi esposo Brando.
También en 2021 Susan hizo un llamado para que los padres aceptaran la orientación sexual de sus hijos. De igual forma, gracias por “el permiso”, pero aún sin él mi madre abrazó mi estilo de vida 27 años atrás.
Probablemente habrá quien vea la decisión del papa Francisco como un avance para la inclusión del colectivo LGBT+ en la Iglesia, y lo celebrarán. También habrá grupos ultraconservadores dentro de la curia romana que lo repudiarán, y no lo acatarán. Lo cierto es que el cambio de rumbo de la cabeza de El Vaticano difícilmente dejará indiferente a creyentes y no creyentes.
Sin ser practicante de la religión católica pero sí lector incansable de su Historia, la bendición del papa Francisco a las parejas homosexuales la considero como una suerte de “regalo” que llega tarde, maltratado e incompleto.
Tarde porque mientras la Iglesia sigue atrapada en el Siglo XVIII con respecto a quiénes deben integrar el matrimonio, en mi círculo cercano –en el México de la cuarta parte del Siglo XXI– conozco parejas del mismo sexo que han vivido juntas durante décadas, hasta que la muerte los ha separado, sin necesidad de alguna bendición, aun siendo católicos.
Maltratado porque mientras la Iglesia sigue atrapada pidiendo disculpas por sus propios escándalos de pederastia en todo el mundo por parte de sus sacerdotes, los homosexuales de todo el mundo seguimos esperando un perdón público por haber sido la misma Iglesia católica nuestra mayor represora y aliciente de crímenes de odio por homofobia.
Incompleto porque mientras el Papa pretende que esta bendición se tome como un avance, los no fanáticos sabemos que es una limosna a las y los integrantes de la Diversidad Sexual que, con lágrimas y sangre, han logrado su dignificación a través de la resistencia y de la lucha.
La Iglesia va muy tarde para una sociedad que, a través del marco legal, le ha dado distintos significados a la palabra matrimonio y a los nuevos modelos de familia. En la víspera del 2024 quiere comenzar por darle la bendición a las uniones civiles que, por lo menos en la Ciudad de México, son un hecho desde marzo de 2010 y avanzaron paulatinamente hasta que en 2022 se convirtió legal el matrimonio entre parejas homosexuales en todo el país.
“La bendi” del papa Francisco llegó justo el día que mi marido me regaló (entre otros cuatro libros de cultura Gay) “Memorias de Shangay. 30 años de historia LGTBIQ + en España”, donde en un texto de Jose Mola (periodista, escritor y maestro en estudios LGTBIQ + por la Universidad Complutense de Madrid) he venido a descubrir que mediante la Ley de Vagos y Maleantes los homosexuales eran considerados de forma oficial como peligrosos sociales.
Dice el autor: “si pertenecías a estos grupos, eras privado de la libertad. Es decir, ibas a la cárcel por tu supuesta predisposición a cometer delitos y no por haberlos cometido (…) la religión fue el principal estamento encargado de perseguir la homosexualidad”.
Pero ahí no acaba todo. A decir del propio Jose Mola, en 1970 se aprobó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social “que no fue más que un remix de la antigua Ley de Vagos y Maleantes (…) ahora dejamos de ser «peligrosos» para convertirnos en «delincuentes» ante la Ley”.
Para entender el caso de México hay que leer la obra del periodista y escritor Braulio Peralta como “Los nombres del arco iris” y “El Clóset de cristal”, este último libro tiene en su portada un extraordinario retrato de Carlos Monsiváis.
El guiño del papa Francisco a la comunidad LGBT+ llega en una de las peores crisis de éxodo de católicos y crisis de reclutamiento de nuevos feligreses. La bendición de la Iglesia llega condicionada para los homosexuales católicos que ya de por sí han sido señalados y castigados por todo el organigrama del catolicismo por los siglos de los siglos. Esto es una limosna disfrazada de bendición.
*(@betotavira)






