Fue así como acudí a la cita para entrevistar a la joven que un año antes, a sus 16 años de edad, había sacudido en sus centros la tierra con una entrevista exclusiva que en 2005 ocupó la portada de Quién con el titular “Soy hija de Luis Miguel, no se traumen”.
A Michelle Salas la conocí a mediados del año 2006. La hija que la cantante y actriz Stephanie Salas había tenido con Luis Miguel 17 años atrás, en ese tiempo, decidió incursionar en la industria del modelaje.
No medía más de 1.70 metros. Tampoco tenía una fisonomía perfecta. Apenas estaba trabajando su cuerpo para cumplir con los estándares de las marcas. Sin embargo, con el poder de su ADN tomó por asalto las pasarelas.
Ya he contado en otras entregas de Política para guapos que en aquel 2006 yo trabajaba como editor de Política y Cultura para la revista Quién.
Al menos eso decía el directorio de la publicación. Lo que no he contado es que a las editoras se les hizo buena idea que, debido a que era miembro activo de la comunidad del arcoíris, también cubriera todos los temas y personajes del colorido abanico gay. Entre ellos estaba el director de la agencia de modelos Contempo, Óscar Madrazo.
Pero mi nueva encomienda no tenía que ver con él de manera directa, sino con su nuevo fichaje: Michelle Salas. Fue así como acudí a la cita para entrevistar a la joven que un año antes, a sus 16 años de edad, había sacudido en sus centros la tierra con una entrevista exclusiva que en 2005 ocupó la portada de Quién con el titular “Soy hija de Luis Miguel, no se traumen”.
Recuerdo que la cita para la entrevista fue en una casa ubicada al sur de la Ciudad de México. Mis compañeras de la redacción, que cubrían la fuente de espectáculos, me indicaron que era al lado de la casa de la actriz Silvia Pinal –bisabuela de Michelle–, como si todo mexicano conociera esa coordenada de manera exacta. “Ni que fuera el Zócalo, explíquenme bien”, les pedí a mis compañeras en una época donde no había ninguna aplicación como Waze.
Finalmente llegué al encuentro en el día y en la hora indicada. Toqué una campana y se abrió la puerta en un portón negro muy sencillo. Adentro me recibió una persona para dirigirme a la sala donde esperaría a mi entrevistada. La expectativa de mi primer encuentro era muy alta. Por sus venas corrían generaciones de talento. Sin embargo, cuando Michelle entró al lugar donde yo la esperaba la joven no me sorprendió de ninguna manera.
No tenía una personalidad deslumbrante. Tampoco habitaba en ella la belleza establecida para las modelos de pasarela de esa época.
No le vi modales refinados. Incluso su ropa no me parecía que editorializaba algún mensaje. Michelle Salas no fue ni simpática ni amable. Tampoco es que haya sido grosera, pero sus 17 años de edad flotaban en esa estela de talento que realmente le correspondía a su estirpe y ella hacía como si fuera propia.
“No quiero hablar de Luis Miguel”, me dijo antes de que yo encendiera la grabadora una Michelle a la que no le había quedado claro que la portada de Quién le había sido conferida por ser la hija de Luis Miguel.
Y si las editoras me habían mandado a consignar su nueva faceta como modelo, era por ser la hija de Luis Miguel. Aunque no era el ángulo de la entrevista, al final de mi texto –que releí para esta columna– cerré con la siguiente declaración: “Estoy en un momento muy importante de mi vida, que es mi carrera. Así que ya se acabó el tema de ‘la hija de…’ Soy Michelle Salas ¡y punto!”
17 años después desde aquella advertencia Michelle Salas se ha casado con el empresario venezolano Danilo Díaz Granados. La boda, celebrada el pasado sábado 14 de octubre de 2023 en la región de la Toscana, en Italia, para la mala fortuna de la novia, ha sido titulada por decenas de medios de comunicación como “la boda de la hija de Luis Miguel”, “Luis Miguel en la boda de su hija”, “La hija de Luis Miguel se casó”…
No le voy a restar mérito a los logros que ha tenido Michelle de manera individual en estas casi dos décadas desde que la conocí. Celebro que haya crecido. Que se haya empoderado a través del algoritmo de Instagram. Esa cara, ese cuerpo y esas fotos que la han hecho acreedora a casi 2 millones de seguidores, requieren constancia y disciplina. Y una permanente resistencia a la crítica, pues los malosos dicen que le ha quedado a deber a la saga.
Yo considero que son otros tiempos. Cada eslabón de su dinastía ha encontrado su escaparate: su bisabuela Silvia Pinal en la Época de Oro del cine mexicano; su abuela Sylvia Pasquel en la televisión y en el teatro; su mamá en la música y en la pantalla chica. Michelle en el Instagram.
Comprendo la parte donde Michelle no quiera darle mérito a un padre abandonador y maltratador como Luis Miguel. Recordemos que prácticamente hasta que ella cumplió 18 años de edad su padre le dio su apellido. Y que la relación ha sido tirante. Incluso, uno de sus encontronazos fue cuando se transmitió Luis Miguel: la serie, por Netflix, y su hija emitió un comunicado en desacuerdo por cómo se había sexualizado su personaje.
Lo que no comprendo es cómo Michelle Salas pretende que se le deje de llamar “la hija de Luis Miguel” en un mundo donde su padre es el artista mexicano más exitoso de todos los tiempos, con una carrera de más de 40 años y con una numeralia de discos y premios como pocos.
Cómo pretende que se le deje de llamar “la hija de Luis Miguel” cuando ella misma así se presentó, por vez primera, ante el mundo en la portada de la revista Quién. Cómo pretende alejarse de ese “estigma” si cuando las cosas se le han complicado en el terreno laboral sus representantes se lo han dejado muy claro a las marcas de lujo. “No es cualquier Influencer, es la hija de Luis Miguel”.
Yo celebro que defienda su individualidad, pero este acto de emancipación requiere congruencia. No se puede ser Michelle Salas en las buenas y la hija de Luis Miguel en las malas. No se puede renegar del árbol genealógico cuando gracias a él se le ha facilitado el camino para llegar a donde está. No se puede ser soberbia cuando lo que el mundo espera de ella es que sea agradecida.
@betotavira






