El quinto año es también el del ajuste de cuentas. Es el año en el que se hace el cobro de facturas por parte de los maltratados por el régimen. Es el año en el que al Jefe del Ejecutivo le cae el veinte que esto es una República…
Todos los guapos lo saben. El quinto año de un sexenio en México es el año del comienzo del duelo. El año en el que ya nadie pela al Máximo. El año en el que le voltean la cara los cercanos al Principal para sonreírle al que lo sucederá en la Principalía. El año en el que los hombres más ricos del país coquetean de manera directa con los suspirantes a ocupar la “Silla del Águila”. El año en el que los aspirantes a candidatos a la Presidencia se destapan más que en una fotografía de Spencer Tunick.
El quinto año es también el del ajuste de cuentas. Es el año en el que se hace el cobro de facturas por parte de los maltratados por el régimen. Es el año en el que al Jefe del Ejecutivo le cae el veinte que esto es una República, no una Monarquía; y que la Banda Presidencial no es la capa de Carlos III del Reino Unido.
El quinto duele más que el sexto. Porque se está sentado en el poder, pero la población ya le ha destinado, en su imaginación, ese poder al sucesor. En lenguaje para guapos es como la canción que interpreta esa poetiza conocida como Yuri: “Detrás de mi ventana/ Se me va la vida/ Contigo, pero sola”. Ayyyyy qué fuerte, ¿verdad? Pero es la neta. Mi CISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional) y yo hemos concluido que el penúltimo año del sexenio es en realidad el último año.
En los cinco años de seis ha quedado muy lejana la Luna de Miel de la llegada del nuevo mandatario, se ha desgastado el matrimonio y, a la distancia, los “enamorados” del candidato, –en un porcentaje significativo–, inician “los trámites de divorcio”. Acá entre nos, en esta administración, fue el propio presidente Andrés Manuel López Obrador el que tuvo la culpa de esa precoz gira del adiós. Y es que recordemos que desde el 2022 (es decir, en el cuarto año de gobierno) dio el banderazo de salida para que arrancaran sus corcholatas con el fin, desde luego, de posicionarlas con respecto a las figuras de la oposición y así tener mayores posibilidades de que su gallo o gallina gane en la elección de 2024.
Lo que no contaba don Andrés Manuel es que en esta era del dedazo –y no me refiero a la práctica del PRI de designar a su sucesor sino a la del dedazo que cambia minuto a minuto los videos de TikTok– todo presente es pasado lo que, sin duda, mete el dedo en la yaga para que el quinto año huela a Gayosso.
Pero no todo es duelo. Este quinto año es de igual forma el año de la luz (para los opositores de la Cuatroté) porque por fin, en este, salen a relucir todos esos pecados del círculo más íntimo del Presidente, incluidos sus herederos. No porque sea en este quinto año en el que se genere el “amiguismo” y “transismo”, sino porque es en este año donde se deja de tener miedo a ese poder del Estado y se fecundan mayores y mejores investigaciones periodísticas, por cierto, en un sexenio que ha sido el más agresivo contra la prensa.
A los guapos siempre nos ha gustado el quinto porque ahí es donde más se aprieta al régimen y, ante la vulnerabilidad provocada por su duelo, vemos de qué está hecho. Cuál es su verdadero ADN y, descubrimos, qué tanto era o no igual a los anteriores que tanto criticaba.
La Historia Política de México nos ha mostrado que el quinto también es el año del saqueo por parte de los que se van. Así ha sido por los siglos de los siglos ¿A poco ustedes creen que Peña Nieto vació Los Pinos en las 24 horas del 30 de noviembre de 2018? No macayú. Esos saqueos son como los robo hormiga. Requieren de tiempo. También la Historia Política nos ha mostrado que en todos los hemisferios de la geografía política se cuecen habas. Lo mismo en el PRI, que en el PAN y que en Morena #LoSientoMiAmor.
Dicho todo lo anterior, a los guapos no nos extraña que haya sido en este quinto año cuando las investigaciones periodísticas que evidenciaron las malas mañas de los hijos del presidente López Obrador hayan creado una fractura irreparable en la imagen de la Presidencia de la República. El poder sabe que se va y, ante la angustia de esa pérdida, saca lo peor de sí.
Gracias a los reportajes de LatinUS y Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad se ha revelado que José Ramón López Beltrán –el primer hijo que tuvo Andrés Manuel López Obrador con su primera esposa Rocío Beltrán (q.e.p.d.) habitaba en una casa en Coyoacán, Ciudad de México, propiedad de una trabajadora de La Jornada, el periódico que ha tenido mayor pauta publicitaria oficial del gobierno de López Obrador. Y con ello, desde luego, se genera un conflicto de intereses.
Por otro lado, el segundo hijo del presidente, Andrés Manuel López Beltrán, también fue objeto de otra investigación que lo vincula con contratos millonarios que han recibido su amigos desde dependencias federales. ¿Todavía hay gente que crea que estos son distintos a los anteriores? ¿De verdad en el quinto año todavía se comen esa de “honestidad valiente”?
Y vendrán tiempos peores. Así lo dice El arte de la guerra. Al Presidente le han dado donde más le duele: sus hijos y, con ello, ha mostrado su lado más vulnerable a sus adversarios, quienes no quitarán los cañones de batalla hacia los cachorros López que, a estas alturas, ya debe de haberles quedado claro que sí hay quinto malo.
Twitter: @betotavira






