Shanik nació en el seno de una familia con la economía muy resuelta y fue registrada con los apellidos Martín Gutman. Sus padres llegaron a México en la década de los 50 del Siglo XX, procedentes de Checoslovaquia, huyendo del comunismo
Ahí estaba. Con la tristeza inocultable. Vestida completamente de un negro que contrastaba con su pelo rubio.
Sentada sobre un sillón de la sala al cual le habían sido retirados los cojines del asiento de manera temporal.
“Siéntense acá”, nos dijo en voz alta Shanik Berman apenas cruzamos la puerta de la entrada Lydia Cacho y yo que asistimos a darle el pésame a Sabina Berman por la muerte de su hermano, el matemático José Berman Goldberg. Era junio de 2015.
El funeral había sido muy íntimo y familiar en el departamento de Tecamachalco de la matriarca de los Berman Goldberg, Raquel, una de las eminencias del sicoanálisis en México a quien ya había visto años atrás, en la pantalla del cine, haciendo el papel de terapeuta en la película Así del Precipicio de Teresa Suárez, en la que colaboró Sabina Berman.
“Lo bueno de los funerales judíos –nos dijo Shanik a Lydia Cacho y a mí– es que una no puede ver reflejada la tristeza propia. Miren nomás cómo están todos los espejos tapados. Así es nuestra tradición”.
El comentario superficial tenía un chispazo del existencialismo, esa corriente filosófica en la que se canoniza a la autenticidad, un concepto que si no conoce Shanik al menos lo ha hecho, por décadas, su marca registrada.
A bote pronto el personaje que ha construido de sí misma Shanik Berman, que por cierto no dista tanto de la persona, genera una cascada de adjetivos tanto de sus simpatizantes como de sus detractores. Y ya.
Pocos se han detenido para diseccionarla desde su génesis y descubrir que Shanik ni es Berman ni es tonta.
Dicho lo anterior pasemos a mi especialidad: las dinastías de México.
Shanik nació en el seno de una familia con la economía muy resuelta y fue registrada con los apellidos Martín Gutman. Sus padres llegaron a México en la década de los 50 del Siglo XX, procedentes de Checoslovaquia, huyendo del comunismo.
La mamá, una belleza física –a quien conocí en un evento de CNN México– hablaba siete idiomas, el papá cinco. Ahí donde la ven, Shanik es por lo menos trilingüe.
La misma Shanik tuvo dos hermanos: la mujer se llamaba Mónica Martín, quien se desempeñó como periodista en la agencia gubernamental Notimex.
Luego, en los años 90, cubrió la fuente diplomática en el periódico Excélsior. Más tarde se hizo sexóloga y alcanzó la fama.
Mónica ya murió, pero, sin duda, fue una influencia importante para que Shanik hiciera carrera en el periodismo de espectáculos y, de paso, abordara los temas del sexo a la menor provocación en la televisión abierta de Televisa.
El otro hermano de Shanik es Andrés Martín, quien es de los más prestigiados profesores y psiquiatras de la Universidad de Yale.
Otra gran influencia para que Shanik aprendiera cómo llegar, desde su personaje trivial, al origen de la conducta humana a través de las preguntas precisas que lleven a la introspección y la reflexión.
Del otro lado de la acera, el que corresponde a su familia política, también hay muchas biografías destacables y, por lo tanto, una influencia innegable.
Y es que a los 19 años de edad Shanik, quien nació en 1951 y por lo tanto tiene 73 años de edad, se casó como Jorge Berman Goldberg a quien conoció en Acapulco.
Jorge tenía un hermano (José, el matemático q.e.p.d.), y dos hermanas: Sabina y Feigue Berman. Jorge se convertiría en un ingeniero exitoso y en un tenista que, en su época dorada, jugaba con el estadounidense Jimmy Connors, con el mexicano Rafael Osuna “El pelón” y otros más.
El integrante de los Berman llegó a ser Top 11 en el mundo, en su categoría.
Sobre la cuñada de Shanik, Sabina, ya se sabe prácticamente todo de su multifacética carrera: prolífica dramaturga (y aquí viene la influencia del teatro de Shanik) así como escritora que además de estudiar Letras Mexicanas cursó la carrera de sicología.
Sabina también es guionista, novelista y conductora de televisión.
En los últimos años ha sido defensora de la izquierda mexicana, en público y en privado.
La última vez que vi a Sabina y a Shanik Berman, llegar e irse juntas, fue en la cena de Polanco organizada para Clara Brugada la cual reseñé en esta columna de Política para guapos.
Aunque lejana, porque vive en Nueva York, la otra cuñada de Shanik, Feigue, también es una lumbrera.
En un inicio se dedicó a la danza, donde destacó en su juventud, y ahora es escritora y articulista para medios mexicanos sobre temas económicos y políticos acontecidos en Estados Unidos. Publicó el libro “Mexamérica. Una cultura naciendo”.
A toda esa dinastía de los Berman la conozco y, créanme, el nivel intelectual y competitivo es muy alto.
Con esa saga es con la que Shanik ha crecido y se ha reproducido buscando su propio personaje, quizás antagónico a las profesiones de su estirpe, pero con una influencia de ellos innegable.
Por eso, en mi opinión, la Shanik de la más reciente edición de “La Casa de los Famosos México” es una bomba explosiva cargada de todo lo que ha visto, oído y leído de las ciencias en las que ha destacado su familia, así como del conocimiento que ha tenido por sí sola del hambre de las audiencias, en alrededor de 40 años haciendo televisión.
Y para cuando la brecha generacional se convierte en una piedra en el zapato, entra al quite la hija de Shanik, Karla Berman, una tiburona de los negocios disfrazada de ratoncita de biblioteca –quien tiene bajo el brazo una maestría en Dirección General en Harvard y a quien conocí mientras ambos trabajamos para Grupo Expansión– que, curiosamente, ahora comparte pantalla y temporada con su mamá, pero desde Shark Tank México, como consejera independiente e inversionista.
Insisto, las conozco a todas, y las Berman por sí solas son un Reality Show ecléctico e intenso, prominente y surrealista, frívolo y artístico, divertido y dramático.
Que no nos extrañe que Shanik llegue a la recta final o incluso a la victoria en “La Casa de los Famosos México”, ese muñeco de Jorgito (Berman) entre el fetiche y las constelaciones familiares va a dar para mucho; las ocurrencias e imprudencias (anhelo de libertad en los espectadores) ya está rindiendo sus frutos en la conversación de las redes sociales y el chisme (donde Shanik tiene corona) es garantía de contenido.
Shanik Berman no tiene un pelo de tonta. Sabe perfectamente lo taquillero y placentero que resulta el Ménage à trois entre la autenticidad, el colmillo y la gracia.
*@betotavira






