La mesa está puesta. Los comensales tienen hambre. Sólo falta el platillo principal. Uno que sea lo suficientemente apetitoso, digno del gran banquete al que asistirá México en el 2024. Con esta analogía gastronómica quiero explicarle a los asiduos de Política para guapos que, luego de la importante concurrencia que se dio cita en la Marcha para defender al INE –realizada el pasado 13 de noviembre, tanto en la Ciudad de México como en otras ciudades del país y del extranjero– ha quedado claro que un sector de la población pide a gritos un cambio en el menú.

No caeré en la trampa de las cifras oficiales. Toda persona que respete la inteligencia humana sabe que los que acudieron al llamado de #ElINENoSeToca se cuentan por decenas de miles de habitantes. Y, aunque el objetivo principal era manifestarse en contra de la iniciativa de reforma electoral enviada por el presidente López Obrador, la motivación también respondió a esas miles de personas que están en contra del gobierno de López Obrador.

No sorprende. La especialidad del Presidente de México ha sido la división y la confrontación. Tampoco debe de sorprender al Primer Mandatario que los adversarios a su gobierno le cobren una y mil facturas.

Pero ¿qué va a pasar cuando AMLO se vaya? ¿Quién va a heredar este país drásticamente separado? ¿Cuántas generaciones tardará en sanar esa herida? Quisiera ser pitonisa para tener estas repuestas. Lo que sí sé de cierto es que el personaje de “la esperanza” ha caducado y, el sucesor o la sucesora de Andrés Manuel, tendrá que ofrecer otros ingredientes aún viniendo desde las mismas filas de Morena.

México necesita un líder para el 2024. Uno de verdad. De esos que van más allá de los libros de Management. Un líder que de entrada sepa reconstruir un país herido por la división. Un líder que no se quiera parecer a su antecesor. Un líder que construya su personaje lo suficientemente auténtico que no permita ser eclipsado por la sombra del que se va.

Esto es un poco como el cierre del ciclo del matrimonio. Uno queda tan maltratado económica y emocionalmente por su ex pareja que, el hartazgo, es contundente. Sin piedad. Sin objetividad. Sin tregua. La buenas acciones que emanaron en los años maravillosos de la relación quedan opacados por el final. Amargo, en el mejor de los casos. Lleno de odio y resentimiento en el peor.

Si yo fuera asesor de un aspirante a candidato presidencial haría un benchmarking de las cualidades, aciertos y aptitudes de líderes del mundo. Si se quiere trascender, hay que conocer qué se ha hecho bien en la Historia política universal y no compararse sólo con local. No se puede pensar “chiquito” en el enorme encargo al que se aspira a nivel Nación.

De plano armaría un listado de qué le funcionó a quién y de qué manera es aplicable para nuestro ecosistema político. Le daría el mismo valor al fondo y a la forma dado que son los tiempos de “El evangelio según el ser visto”. En lenguaje para guapos: metería al NutriBullet la oratoria y el carisma de Barack Obama, el estilo y la seguridad de Emmanuel Macron así como la jovialidad y el sex appeal de Justin Trudeau. Añadiría mucho humanismo de Nelson Mandela, una pisca de colmillo político de Winston Churchill, unas gotas de estrategia de guerra de Alejandro Magno y lo licuaría por 10 minutos. No sé que salga de ese batido pero lo cierto es que ahí habitaría la proteína que tanto anhela el pueblo de México: un líder.

Ya se sabe que hay distintos estilos de liderazgo, así como varios autores que han investigado y publicado sobre el tema. Pero habrá que ponerle mayor énfasis de seducción (sin el estricto sentido de la manipulación) al nuevo líder que pretenda sentarse en “La Silla del Águila”, como llamó Carlos Fuentes a la Presidencia.

Dice Robert Greene en su libro El arte de la seducción que “siempre nos sentiremos más atraídos por aquellos que crean su propio personaje”. Y en el terreno político habla de los casos de seductores de masas como John F. Kennedy, quien ofreció a la gente lo que le faltaba al percibir “que los estadounidenses estaban hartos de la sofocante comodidad de los años de Eisenhower y les dio aventura y riesgo”.

El mismo autor asegura que “los políticos saben que no todos serán susceptibles a su encanto, pero si hallan un grupo de posibles partidarios con una necesidad específica por satisfacer, tendrán seguidores que los apoyarán sin condiciones”.

No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas que el secreto para el nuevo líder está en la seducción que conlleva la autenticidad. Parece fácil, pero hay que encontrar éste y los otros ingredientes que satisfagan el paladar al mayor número de comensales que llegarán al banquete de México, en el 2024, buscando algo nuevo, diferente. Otros, en búsqueda de lo contrario, pues están indigestados de lo que han tenido que comer durante este sexenio.

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