Por mi trabajo usualmente tengo que salir y no tengo inconveniente en sentarme a comer solo, en cualquier lugar sin importar si es fonda o un lugar de manteles largos. Justo estando el otro día en cierto restaurante de moda, con una decoración exquisita pude observar detenidamente que la mayoría entramos a los lugares con la cabeza abajo, creo que por eso ya no ponen escalones tan altos para que la gente no se caiga por ir mirando el celular, si las mesas son reducidas como los son usualmente en los restaurantes de la Roma o la Condesa y las mesas son de 4 personas. Valla problema para los meseros en montar la mesa, porque los actores principales del escenario son los móviles y el espacio es limitado para los cubiertos, plato y por supuesto las copas de vinos. Las parejas ya no se miran fijamente a los ojos al hablar entre ellos, rápidamente volteamos casi de manera automatizada e inconsciente a mirar una y otra vez nuestras pantallas. Si a eso agregamos la modalidad que se quedó a raíz de la pandemia de tener que escanear con un código para poder mirar el menú, hace que la interacción con nuestros gadgets sea más frecuente.
Aunado a esto, hemos perdido el detalle de poderle acomodar la silla a una Dama, ahora lo hacen los meseros, pero pocos se dignan a agradecer el gesto. Volteamos a ver los platillos de las demás mesas para identificar las más instagrameables para poder subir su mejor foto a las redes. Los medios de comunicación tristemente en vez de acercarnos más como seres humanos en el trato cara a cara nos alejan, nos incomunican, hacen que ese momento sagrado de compartir los alimentos y un buen vino con un buen amigo, cliente o pareja se vuelva un momento común y banal.
Saliendo del lugar, curiosamente me encontré con un escenario completamente distinto, de esos que casi ya no se ven. A lo lejos y debajo de unos columpios se encontraba una familia con un bebe en carriola y con una simple manta que les protegía de la grava, la esposa acariciaba la cara de su pequeño tiernamente y con la otra le daba una pieza de pollo rostizado. Honestamente lo primero que sentí fue envidia, con ese pensamiento maquiavélico y oscuro que me llevo a imaginarme caminar hacia ellos y arruinarles su momento perfecto de picnic. Rápidamente volvió un sentimiento de arrepentimiento por ese egoísmo y alegrarme de poder ver que aun hay gente que disfruta de un momento tan sencillo y único de compartir. Sin importar en donde o con quien, pero al final hacerlo con la mejor disposición de escucharnos los unos a los otros.







