Soy un observador permanente de la conducta humana; eso todo mundo lo sabe. Pero lo que pocos conocen es mi fascinación exacerbada por las bodas. Y es que estoy convencido que en los minutos previos al “sí, acepto”, y en los minutos posteriores, se encuentra gran parte de El Manifiesto Conductista del psicólogo estadounidense John Broadus Watson. Todo lo que revela la comunicación no verbal es mi pasión, pues creo firmemente que lo no dicho siempre dice más que lo dicho. Y las bodas lo dicen todo.

Una vez dejado claro esto, ya se pueden imaginar el orgasmo múltiple que tuvieron mis retinas al ver, a través de las redes sociales, la boda colectiva celebrada el 7 de agosto de 2022 en el Complejo Cultural Los Pinos. En la que fuera hasta el 2018 la Residencia Oficial de los Presidentes de México, se unieron en matrimonio el pasado domingo, 11 personas en reinserción social; tres de ellas aún cumplen su condena por lo que recibieron un permiso especial para esta celebración; mientras que dos parejas de mujeres pertenecían a la comunidad del arcoíris.

Mis ojos no daban crédito al primer vistazo. Tuve que recurrir a las cuentas oficiales de Twitter de distintas personalidades y dependencias para mapear el contexto. Resulta que, como parte del proceso de reinserción social de quienes salen de las prisiones de la Ciudad de México, se organizó el 1er. Festival Iberoamericano de la Libertad, donde además de las bodas colectivas hubo otras actividades organizadas desde el Instituto de Reinserción Social de la Ciudad de México –que dirige Arturo Morell–, el cual pertenece a la Secretaría de Gobierno de la CDMX –comandada por Martí Batres, quien estuvo en el evento– en colaboración con la Secretaría de Cultura –liderada por Alejandra Frausto.

Cuando les platiqué sobre el acontecimiento a las integrantes de #MiCISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional) pegaron el grito en el cielo. “¡¡¿Cómo es posible que este gobierno convierta a Los Pinos en un salón de fiestas popular?!!” –dijeron las más políticamente correctas. “Pues a mí me parece que fue provocadoramente acertado” –les respondí. Y genuinamente estoy de acuerdo con una acción de un gobierno del que generalmente estoy en desacuerdo. 

¿Por qué en Los Pinos sí se podían hacer bodas en sexenios anteriores al del presidente López Obrador y en este no (con presupuestos abismalmente distintos)? ¿Por qué los ciudadanos de a pie no pueden gozar del mismo uso de suelo de Los Pinos que los miembros de la aristocracia presidencial? ¿Por qué negar a los hombres y a las mujeres en reinserción la oportunidad de “debutar en sociedad” en una ceremonia para el amor en una coordenada con el simbolismo del poder? 

Se nos está olvidando la Historia. Pues resulta que la primera boda civil de la que se tiene registro en el rancho La Hormiga –recordemos que así se llamaba esta propiedad antes de convertirse en la Residencia Oficial de Los Pinos en 1934– fue de la hija de Plutarco Elías Calles, quien entonces era Secretario de Gobernación. La señorita Hortensia Elías Calles se casó el 7 de  agosto de 1922 con Fernando Torreblanca, secretario particular del presidente de México Álvaro Obregón quien, por cierto, fue padrino de boda y les regaló el banquete para el guateque.

Dos sexenios después de que el presidente Lázaro Cárdenas del Río habilitó Los Pinos para la residencia temporal del Primer Mandatario y su familia, se llevó a cabo la segunda boda en el predio, aunque la primera ya convertida en Residencia Oficial. Fue durante el sexenio de Miguel Alemán Valdés que la segunda de sus tres hijos, Beatriz Alemán Velasco, se casó el 18 de septiembre de 1952 con el entonces subgerente de la Lotería Nacional, Carlos Girón Peltier.

La fotografía del evento –que habita en un libro sobre Los Pinos que me regaló mi amiga la historiadora Sara Sefchovich– muestra a una novia vestida de blanco descendiendo por las escaleras principales de la Casa Miguel Alemán, del brazo de su padre. Aquí el chisme es que uno de los testigos del enlace fue Adolfo Ruiz Cortines, quien sería el Presidente de México en el sexenio siguiente de 1952 a 1958.

Nuevamente dos sexenios después de Alemán, vino otro gran bodorrio: El primogénito de Gustavo Díaz Ordaz Bolaños Cacho, Gustavo Díaz Ordaz Borja se casó con Eugenia Castañón Ríos Zertuche el 12 de septiembre de 1969, el mismo día y mes que el presidente en turno cumplía 30 años de casado con Guadalupe Borja, así que ya se pueden imaginar la señora boda para alrededor de 3,000 invitados.

Sin embargo, el sexenio en el que se defendieron las bodas dentro de Los Pinos como un perro fue en el de López Portillo: ¡Hubo tres! El 21 de octubre de 1979 se casó Carmen Beatriz López-Portillo Romano con Rafael Tovar y de Teresa. La primogénita de los tres hijos del presidente José López-Portillo y Pacheco y su esposa Carmen Romano tomó mano con respecto a sus dos hermanos. Un año después, el 29 de marzo de 1980 se casó José Ramón López-Portillo Romano con María Antonieta García López Loaeza. Acá el dato curioso es que Miguel de la Madrid Hurtado firmó como testigo en el acta. De la Madrid, como ya se sabe, fue el Jefe del Ejecutivo en el sexenio siguiente de 1982-1988. Finalmente Paulina López-Portillo Romano se casó el 30 de mayo de 1981 con Pascual Ortiz Rubio Downey, el novio era nieto del expresidente de México Pascual Ortiz Rubio.

La última boda de familias presidenciales que habitaron Los Pinos fue en la administración del primer presidente de las filas del PAN: Vicente Fox Quesada, quien se casó por lo civil con Marta Sahagún Jiménez el 2 de julio de 2001. Esa fue la primera boda en Los Pinos de un Presidente de la República en funciones. Y el final de una era.

Las bodas colectivas recientes en Los Pinos no serán las últimas que se han de realizar en ese mismo lugar, pero con distinta gente. Y lo celebro. Ahora es el turno de los que no cuentan con ADN político y no conocen el privilegio de la genética. Con los “sin alcurnia” también se escribe la Historia.

Finalmente: Que lo que Los Pinos ha unido no los separe el hombre. 

Twitter: @betotavira

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