Soy raro. Siempre lo he sido. Probablemente la génesis de mi rareza tiene su origen en mis primeros años de infancia, donde la mayoría de los cuentos que me contaba mi abuela antes de dormir no tenían nada que ver ni con el de Los tres cochinitos ni con el de Caperucita roja ni con alguno que similarmente fuera para niños.

Las historias que me narraba con voz medio ronca la mamá de mi mamá –cuando me quedaba en su departamento–, eran sobre esquizofrénicos, hidrofóbicos, paranoicos… pero nunca desde el horror ni el estigma. Siempre a partir de la fantasía y de la compasión por las personas diferentes a uno. No es que mi abuelita me quisiera atormentar o generar pesadillas, ella simplemente respondía lo que yo preguntaba sobre el trabajo que tuvo por décadas: enfermera del Manicomio General La Castañeda.

Mi abue se llamó Leonarda Servín Malagón y en la primera mitad del Siglo XX trabajó en el centro de salud mental más grande de México, el cual se construyó en los terrenos de una hacienda pulquera, conocida como La Castañeda, en el antiguo pueblo de Mixcoac. En 1910 fue inaugurado por el presidente Porfirio Díaz y, gracias a las pocas fotografías que existen –algunas de su archivo personal que mi abue me heredó en vida– podemos ver que la fachada del Manicomio respondía a la majestuosidad con la que se levantaron edificios públicos en ese periodo. Por cierto, actualmente en los terrenos de La Castañeda se localiza la unidad habitacional Lomas de Plateros, al sur de la Ciudad de México, donde vivió mi abue luego de su jubilación.  

En las épocas de esplendor del Manicomio hubo un director llamado Leopoldo Salazar Viniegra quien, además de ser una eminencia en temas de psiquiatría, fue jefe de mi abuelita, pues ella, al ser comisionada en uno de los pabellones que se consideraban de “peligrosidad”, constantemente coincidía con el director que, según su página de internet archivodrsalazar.com –creada y hecha pública por su descendencia– “dedicó más de 20 años a tratar de mejorar las condiciones en las que vivían los internos del manicomio General de la Ciudad de México, desde mediados de los 20 hasta finales de los 40”.

Fue precisamente en 1940, en el último año del sexenio del general Lázaro Cárdenas del Río, cuando se legalizaron las drogas en México. Sí, mi gente bonita de Política para guapos, en este país ya fueron legales la marihuana, el opio, la morfina, la codeína, la heroína y la cocaína, por pocos meses, pero legales, pues el experimento promovido por el doctor Salazar Viniegra no prosperó en gran medida por presión de Estados Unidos de América. Eso no me lo contó mi abuelita, quien probablemente por sus orígenes guanajuatenses (nació en Villa de Apaseo, en 1915) era altamente conservadora, rústica y guadalupana con una sola relación estable luego de haber enviudado: las telenovelas del Canal 2.

Lo que sí me dijo “Mamá Chata” –como le decíamos a mi abuelita los nietos a quienes nos cuidó de pequeños–, era que el doctor Leopoldo Salazar la llamaba “Leonorcitos”, que le regaló una jeringa de vidrio con su estuche de metal para hervirla y esterilizarla, que era “muy bueno” y que fue una persona “especial”.

Estos dos últimos adjetivos los he venido a comprender cuarenta años más tarde, luego de escuchar la serie en pódcast titulada Toxicomanía. El experimento mexicano, producida por Sonoro y que, como se explica en su página de internet toxicomania.com, “está basada en hechos reales y en las ideas del brillante científico mexicano (Leopoldo Salazar) que estuvo a punto de arruinar el imperio del narcotráfico”. Comprenderán que me conmovió hasta el tuétano “el reencuentro” auditivo con el jefe de mi abuelita.

No los voy a spoilear pero el guion, la producción y las actuaciones me han producido un orgasmo múltiple en la imaginación, pero sobre todo, un afortunado Déjà vu a esas historias que yo mismo autocensuré de contar sobre la locura porque sabía que era un lenguaje que sólo entendíamos “Mamá Chata” y yo. Ella, a su vez, seguramente aprendió ese mismo lenguaje del doctor Salazar quien escribió: “La locura es una forma de pensamiento y el loco es un estilo de vida”.

Este agosto de 2022 se cumplieron 10 años de la muerte de la matriarca de mi dinastía quien cerró sus ojos para siempre a los 96 años de edad. En un cónclave que tuve el domingo pasado con algunas de las más jóvenes agremiadas de #MiCISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional) conté la historia de “Mamá Chata” y el doctor Salazar. Y resultó taquillera.

Como era de esperarse, el tema de la legalización de las drogas se puso sobre la mesa del sofisticado restaurante del hotel de Reforma donde nos apersonamos para brunchear. “Eso debería de hacer este gobierno: legalizar las drogas y listo”, me dijo una de mis amigas a quien no le conozco otra adicción que no sean los meses sin intereses de las tiendas departamentales de cinco pisos.

A bote pronto, la legalización de las drogas en México pareciera ser la solución para erradicar los índices de violencia en el país perpetrados desde los cárteles. Sin embargo, el asunto es más complejo que eso, dado que el crimen organizado ha extendido sus tentáculos en los secuestros, cobro de derecho de piso, trata de personas y otros ilícitos que les permitirían seguir operando y facturando en el caso que las drogas fueran legalizadas.

En palabras del escritor y periodista Héctor de Mauleón, quien se ha especializado en estos temas, a quien tuve a bien escuchar un día antes de mi cónclave dominical, en un evento privado: “La legalización de las drogas ya es irrelevante”. En el mismo foro el analista político Jorge Fernández Menéndez dijo: “hay medio millón de mexicanos en el negocio del narcotráfico y del crimen organizado. Pasarán generaciones para que salgan de él. Y, por si fuera poco, el desmantelamiento de la Policía Federal está teniendo sus consecuencias”.

Dicho lo anterior la legalización de las drogas en México de 1940 ya no tiene mucho que ver con el tráfico de drogas de 2022. En aquellos años el experimento del doctor Leopoldo Salazar, apoyado por el presidente Lázaro Cárdenas, tenía fines médicos y estaba enfocado en los pacientes de todo el país. Gracias al Reglamento de Toxicomanías se dejó de considerar a las personas con problemas de abuso de drogas como criminales y pasaron a la categoría de enfermos.

El experimento de ahora, del presidente de México Andrés Manuel López Obrador, carece de estrategia y tiene enferma a la población por el abuso de los criminales. A partir de las decisiones equivocadas del Jefe del Ejecutivo, le ha costado la vida a por lo menos 15, 400 personas que fueron asesinadas durante el primer semestre de 2022 en nuestro país, según las cifras del propio gobierno mexicano.

“El Presidente está perdiendo el control del Estado” dijo Héctor de Mauléon en el evento al que fui invitado el sábado pasado. Y aún hay más: “Ni el mismo Ejército sabe lo que el Gobierno quiere de él”. Yo agregaría: la percepción del ciudadano común es que ni el propio Presidente sabe qué hacer en el tema de la seguridad en el país.

No es un asunto menor. Por más desasosiego que nos provoque la realidad tenemos que seguir exigiendo al Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas el cambio de estrategia contra el crimen organizado. Es un asunto importante y urgente.

Finalmente quiero cerrar con una frase del pódcast de Toxicomanía en el que “La Chata” –que no es mi abuelita sino la narcotraficante recreada en la audioserie– dijo: “El general Lázaro Cárdenas fue uno de los presidentes más queridos por los mexicanos porque nos dio petróleo, drogas y esperanza”.

El presidente López Obrador ya dejó de representar la esperanza. 

P.D. La jeringa de vidrio con su estuche de metal ahora habita en el cajón de mi buró.

Twitter: @betotavira

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