Ya era hora de que Marcelo contara de un solo jalón su veldá. “Chelito” –como los guapos de la comunidad del arcoíris bautizamos a Marcelo Luis Ebrard Casaubon (sí, sin acento el apellido materno porque francés)– durante alrededor de una década había guardado silencio, primero, y luego, dosificado su postura en distintas entrevistas, sin llegar al detalle, sobre los temas polémicos que el imaginario colectivo de inmediato relacionaba con su apellido paterno: la tragedia de la línea 12 del metro y “su participación” en el reportaje de la Casa Blanca del entonces presidente Enrique Peña Nieto.

¡Pero las migajas se acabaron, shiavas¡ [entra efecto de chasquidos de dedos en el aire]. Marcelo Ebrard ha decidido terminar de romper el voto de silencio y cuenta su versión, de los temas antes mencionados y otros más, en su nuevo libro. Lo hace en primera persona, a través de una autobiografía titulada El camino de México, la cual está recién salida del horno bajo el sello de Aguilar. En 315 páginas el titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores muestra su vida pública y (parte, porque no enseña todo) de su vida privada, dividida en tres apartados: “Mi ayer, Mi ahora y Lo que sigue”.

Los que hemos seguido de cerca la biografía personal de Ebrard, por alrededor de dos décadas, sabemos la alergia que le produce mostrar su lado humano, así que este libro resulta un parteaguas por la información y las imágenes que comparte de su familia. A lo largo del ejemplar hay un par de apartados de fotos impresas en papel fifí que tienen varias joyas. Mi favorita: las imágenes de sus hijos Ivanna y Julián, cuando estaban chiquitos, cargados por su papá y su mamá.

Recordemos que estos mellizos-guadalupanos (nacieron el 12 de diciembre de 2013) son los hijos que Ebrard tiene de su actual matrimonio con la gua-pe-rri-ma Rosalinda Bueso Asfura, economista y diplomática, con quien se casó en 2011. Antes estuvo matrimoniado con la actriz Mariagna Prats (se casaron luego de la elección de 2006) y antes, para sus primeras nupcias, Marcelo contrajo matrimonio con Francesca Ramos Morgan (con quien se casó luego del terremoto de 1985) y procreó a sus primeros tres hijos: Francesca Sophie, Anne Dominique y Marcelo. De los cinco hijos hay fotos, de las ex, nada.

De lo poco que he leído, pues prácticamente acaba de llegar el ejemplar a mis manos, destaca el error de dedo en el índice, en el capítulo 4, que dice así: “Levantar una ciudad con y para todosddd”. A vedá. Es bromi. No el error, ése sí está impreso en la primera edición. Lo que verdaderamente destaca de este libro, en mis terrenos del periodismo rosa, es el apartado donde habla de su esposa y de sus hijos. Y no destaca precisamente por revelador, destaca porque no dice mucho que prácticamente no sepamos quienes hemos consignado por años el ángulo más íntimo de Marcelo Ebrard.

En sólo siete páginas (quizás seis, porque la foto de un recado de su hija ocupa prácticamente la mitad de una página) Marcelo cuenta su historia de amor con su esposa. Es en el capítulo 13 y está titulado de manera creativa como “Rosy”. ¿¿¿¡¡¡Siete páginas!!!!??? Primero me enfurecí de que no hubieran detalles bajo las sábanas. Los generales de la pareja hasta Wikipedia se los conoce, pero luego reculé, me serví una copita de mi Petrus y opté por brindar por quienes sugirieron y decidieron no contar santo y seña los asuntos del corazón del canciller. Con ello, de manera indirecta, me estaban permitiendo preservar el monopolio como cronista del lado desconocido de los políticos conocidos. 

En lenguaje para guapos: Marcelo Ebrard no pedalea mi bicicleta. Y eso se agradece. No los voy a espoilear con todo lo que Marcelo sí dice de Rosy. Al menos no por ahora ni en esta entrega de Política para guapos. Pero sí merece la pena retomar el fragmento donde Marcelo habla de su gran amor: “Nos casamos en octubre de 2011 y han sido 11 años felices, en la prosperidad y en la persecución”. De la persecución que fue víctima por parte del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto da santo y seña en sus memorias, las cuales, por cierto, publica a los 63 años de edad.

En el mismo capítulo dedicado a Rosy y los hijos de ambos hay una anécdota que me pareció curiosa. Tiene que ver con su gusto por la música de la agrupación de Iztapalapa para el mundo. Así lo escribió Marcelo, en el contexto donde habla de sus hijos: “Ivanna es sensible, romántica, y me atrevo a decir que tantito vintage, porque podemos escuchar horas y horas la misma versión de “Nunca es suficiente” de Los Ángeles Azules. Y sí, también la tengo que cantar con ella. Hay muchas cenas, muchos eventos que yo sé que si aviso con tiempo que no estaré disponible no pasa nada, porque prefiero llegar a casa y tararear juntos, mientras movemos las piernas hacia atrás”.

En esto no hay nada de superficialidad. Yo siempre he preferido conocer al político sin la máscara de político; desde su lado humano, que siempre será más genuino que el profesional. Y es que en la persona y no en el personaje es donde habita la información sobre las creencias religiosas o no, fobias, filias y pasiones que eventualmente se traducirán en propuestas de campaña o políticas públicas de un hombre que convence cuando verdaderamente cree en algo.

Con este libro Marcelo se ha abierto un poco la camisa –porque no se la quitó por completo, eso también hay que decirlo– para permitirnos husmear en su pasado y, de alguna manera, vaticinar lo que hará en el futuro. También lo ha hecho para vacunarse. Y en otros apartados para presentar su verdad verdadera.  

Ya han sido dos ocasiones que Marcelo se ha hecho a un lado para que sea otro (las dos veces Andrés Manuel López Obrador) el que compita, en su lugar, por la Presidencia de México. Esta vez no lo hará. Va por todas. Y se agradece.

Twitter: @betotavira

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