Es inevitable. Cuando los guapos conocemos a alguien las primeras preguntas que lanzamos para saber qué tanto chilla el interlocutor, si es levantado de la nuca, son: ¿cómo te llamas? ¿dónde vives? ¿a qué te dedicas? y ¿en qué colegio o universidad estudiaste? Ese bombardeo es muy de nosotros los clasemedieros porque los ricos se conocen perfectamente entre ellos y, las personas de verdadero abolengo están emparentadas y no ocupan sus cartas credenciales en su círculo social.
A partir del nombre y el apellido paterno –sí, nos choca a los guapos que simpatizamos con el feminismo y estamos en contra del patriarcado heteronormado, pero así funciona hasta nuestros días, beibis, así que no se enojen– a partir del “Mucho gusto, soy Beto Tavira”, viene el segundo nivel del interrogatorio, porque una vez pronunciado el primer apellido ya más o menos se puede especular qué pitos toca el que se presenta.
Entre guapos es indispensable darnos referencias para que podamos mapear el árbol genealógico del otro. Nadie anda por la vida sin apellidos. A no ser que uno sea una estrella internacional del espectáculo, la cultura, los deportes o la política, todo mundo cargamos nuestro nombre con las muletas de nuestros apellidos. A unos les han sobrado, por lo que han construido de manera propia; otros le han sacado tanto jugo que sólo viven de eso.
Y es que en todos lados se cuecen habas. Ser “la hija de” o “el hijo de” existe en los despachos de arquitectos, en los bufetes de abogados, en los consultorios médicos… vamos, hasta en los oficios se pasa la estafeta de una generación a otra. Así ha sucedido en por lo menos tres siglos. Así ha existido en todos los países. Así es la tradición en México. El problema no es que se perpetúe el estatus profesional junto con el apellido. El problema es que en la política se ocupen cargos públicos sin ningún mérito mas que la herencia del apellido.
La diferencia es que cuando los cachorros de la iniciativa privada son coronados, las buenas o malas decisiones que tomen son auspiciadas por el dinero de los padres y de sus empresas. A la gente que le ha costado mucho tener lo que tiene no le gusta perder, así que exigen a sus relevos títulos académicos, habilidades profesionales y competencias que les garanticen seguir facturando.
No así en la vida pública. Cuando el heredero natural de un político llega a la política, a falta de un currículum competente, lo importante siempre será su Acta de Nacimiento. Aristocracia mata Licenciatura, dinastía mata experiencia en el puesto. El charolazo con la frase “El hijo de” se pronuncia más veces que El Padre Nuestro un 19 de septiembre en la colonia Roma. Y ahí es donde entra sin disimulo el nepotismo nuestro de cada día.
Por eso a los guapos nos pareció absolutamente divertido el término nepo-baby, acuñado por New York Magazine, en su edición publicada en diciembre pasado, en la que bautizaron así a los hijos de las estrellas de Hollywood que, debido al éxito de sus progenitores, han recibido la estela de la fama y nomás, por nacer, ya protagonizan portadas de revistas y tienen millones de seguidores en las redes sociales que les crean sus papás.
Ahora bien, muy bonito su término nepo-baby y toda la cosa, pero de eso ya se ha escrito en México. Por ejemplo, así a bote pronto –y como recomendación para los guapos que tienen como propósito de Año Nuevo leer más allá de las calorías de los productos que compran en el súper– les puedo decir que el libro “Derecho de Sangre. Historias familiares del poder público en México” (Edit. Grijalbo) es de lo más serio y completo que hay sobre el tema. El autor es Esteban David Rodríguez quien en 2015 publicó con editorial Planeta “Los dueños del Congreso. Historias de dinastías y tráfico de influencias en el poder legislativo mexicano”.
Prácticamente una década después de estas entregas los protagonistas han cambiado mas no sus apellidos. En México los nepo-babies no se crean ni se destruyen, sólo se selecciona a lo menos peor de la estirpe, –a veces con la juventud necesaria para cubrir la cuota del “rostro fresco” y a veces con la guapeza que empatiza con otros guapos como nosotros– para mantenerse en el poder.
Dicho lo anterior, la lista en este 2023 de Los nepo-babies de la política en México es larga y también es gruesa, pues incluye personas desde los veintitantos años de edad hasta los setenta y tantos años. Es decir, desde Juan Pablo Beltrán Viggiano, el diputado Federal Suplente que es hijo de Carolina Viggiano Austria, secretaria general del PRI y diputada Federal, hasta Laya Sansores San Román, la gobernadora de Campeche que es hija de Carlos Sansores Pérez, quien fue gobernador de Campeche y presidente Nacional del PRI.
A continuación algunos otros nombres (el listado completo lo encuentran en todas las redes sociales de Cuna de Grillos): Luis Donaldo Colosio Riojas, el presidente Municipal de Monterrey que es hijo de Luis Donaldo Colosio Murrieta, quien fuera candidato Presidencial del PRI hasta antes de su asesinato. Miguel Torruco Garza, el diputado Federal por Morena que es hijo de Miguel Torruco Márquez, secretario de Turismo. Evelyn Salgado Pineda, la gobernadora de Guerreo que es hija de Félix Salgado Macedonio, actual senador de la República por Morena, así como Manuel Velasco Coello, el senador de la República por el PVEM que es nieto de Manuel Velasco Suárez, quien fue gobernador de Chiapas.
Ya para finalizar les tengo noticias: Los nepo-babies de la política no tienen sus días contados. Antes, al contrario, les vaticino más probabilidades de multiplicarse que de extinguirse. No dudo que habrá algunos herederos del poder que pueden ser garbanzos de a libra y que hayan hecho méritos para sentarse en las sillas de las dependencias, escaños o curules que ocupan actualmente. Pero sin duda, ha sido un camino con menores obstáculos que la arquitectura minimalista; un camino con más contactos que un poste de luz y un camino en el que el privilegio de la genética les llevará a tener como eslogan: “Por mi raza hablará el nepotismo”.






