Hoy Samantha ya no está. Un terrible asesinato acabó con su vida y por lo tanto con sus sueños tanto de ser senadora como de casarse vestida de blanco. El pasado lunes 15 de enero la primera noticia con la me recibió mi algoritmo de Google se titula: “Asesinada la activista trans, Samantha Gómez Fonseca”

“Adiós, señor Tavira. Ya ni saludas”. Eso fue lo primero que escuché luego de bajarme del elevador de un estacionamiento público. En el pasillo frente a los ascensores había tres mujeres esperando su turno. Una de ellas fue la que me reconoció y habló. Volteé hacia ellas tras haber escuchado mi apellido. La de la voz, se aproximó. 

“¿Ya no te acuerdas de mí?”, me dijo. Me costó trabajo reconocerla. Era una mujer trans, más alta que yo, robusta, iba vestida de traje sastre con pantalón, con el pelo recogido. Ni su aspecto ni su voz pudieron conectar con mis recuerdos.

“¡Soy Samantha Fonseca!” Hasta entonces supe quién era. No se me puede culpar de mala memoria, simplemente tenía 13 años de no verla ni escucharla. En 13 años todo cambia: la voz, el pelo, el cuerpo, la profesión, la forma de vestir y la vida. 

Nuestro reencuentro sucedió el 23 de octubre de 2023 en el marco del “Encuentro por las niñas, niños y adolescentes expuestos a la violencia en México”, realizado en el Museo Memoria y Tolerancia, al que fui invitado por Saskia Niño de Rivera como moderador del primer panel, organizado por Reinserta A.C.

A Samantha Carolina Gomes Fonseca la conocí a principios de 2011, entonces yo trabajaba como reportero para Animal Político (donde también fui bloguero) y le propuse a mi jefe Daniel Moreno una serie de entrevistas de semblanza a mujeres trans. 

Luego de casi una década de ser cronista de las vidas “perfectas” de los poderosos, ricos y famosos en la revista Quién, estaba apetitoso por contar las historias del otro México y, en ese otro lado, se encontraba Samantha Fonseca quien era una transexual que había estado encarcelada en el reclusorio varonil en el año 2007.

Recuerdo que la entrevista la realicé en las oficinas que tenía el Partido del Trabajo (PT) en la calle de Monterrey, en la Colonia Roma de la Ciudad de México. Samantha, entonces ella tenía 24 años de edad y presidía a nivel nacional la Comisión de Diversidad Sexual y Equidad de Género de dicho instituto político. 

Su incipiente trabajo sólo era una mínima parte del texto publicado el 24 de mayo de 2011, en www.animalpolitico.com, titulado: “Samantha, una transexual en el Reclusorio Varonil”. Previo a poner sus dos tacones en la política, Fonseca había estado en la cárcel acusada de cometer un presunto delito de agresión y robo. (Leer el texto completo aquí: https://animalpolitico.com/sociedad/samantha-una-transexual-en-el-reclusorio-varonil)

13 años después, afuera del elevador, Samantha me hizo un rápido corte de caja de su carrera. “Ahora voy a candidatearme para senadora por Morena”. Me sorprendió la noticia. Acá entre nos le había perdido un poco la pista. Sabía que andaba en la política y en el activismo, por lo que leía en las redes sociales, pero desconocía sus planes a futuro hasta ese fugaz reencuentro. 

“Hay que actualizar nuestros números de teléfono”, le dije a Samantha. Nos despedimos. Me paré de puntitas para darle su beso en la mejilla y un abrazo. Me subí a mi coche y digerí lentamente lo que acababa de escuchar. De inmediato se me vino a la mente la cabeza con la que titularía la nota si es que Samantha lograba su objetivo: “La Yuri obtiene un escaño”. 

Eso de “La Yuri” no era de mi autoría. Así habían bautizado los reos a Samantha cuando cruzó las puertas para ingresar al reclusorio el 3 de octubre de 2007. 

A continuación, les compartiré un fragmento tomado del texto que escribí para Animal Político:

“Ya llegó La Yuri” le gritaban en su cara a todo pulmón los reos a Samantha. La joven, de 20 años, para entonces ya había comenzado su proceso de cambio de género de hombre a mujer por lo que traía el pelo largo pintado de rubio platinado y, dado que desde los 17 años inició su tratamiento hormonal, los senos le habían crecido. De igual forma se había dejado las uñas largas. Traía puestos sus pupilentes verdes y su cuerpo, por completo, estaba depilado.

(…) El patio completo se burlaba de la mujer que estaba atrapada en otro cuerpo. “Pinche putito” le dijo, entre dientes, uno de los guardias (…) Quería pasar desapercibida. Mientras se dirigía rumbo a su celda, Samantha se encorvaba para que no se le marcaran sus senos. Se acomodó el pelo de tal forma que pareciera que lo traía corto. Se sacó la playera para que le cubriera los glúteos que ya habían adquirido una silueta femenina. Pero de nada sirvió. A su paso por los demás dormitorios a la rubia se le vino encima una avalancha de chiflidos.

No acababa de llegar a su “cuarto” cuando un prisionero salió de su celda y le gritó a otro que le subiera a la güerita. En cuanto se abrieron las cortinas colgadas en las rejas del solicitante, Samantha contó cinco hombres en el interior. Todos sonreían al unísono con mirada lasciva y festejaban la llegada de “La Yuri” –como le habían apodado en la cárcel a Samantha–, al mismo tiempo que se frotaban con la mano sus miembros sobre el pantalón (…)

En aquel encuentro periodístico de 2011, Samantha me contó, con su particular estilo, cómo “la vida te da, pero también arrebata”. Y es que, en 2009, ya fuera de prisión, el destino le tenía preparado otro trago amargo: su mamá falleció víctima del cáncer. Antes de morir, doña Carolina, le había dicho que le dejaría un dinero y le advirtió que lo invirtiera bien. Con su herencia Samantha se implantó un par de senos, “pues yo dije, no hay mejor inversión que mis bubbies”. 

Ahora que releo la historia de Samantha, me conmueve el remate de mi texto, donde al final, hablamos de sus sueños. “¿Dónde te ves en cinco años?” le pregunté. Samantha suspiró antes de contestar. “Híjole, pues yo me veo casada. Desde chiquita me he soñado toda de blanco con mi vestido de novia. Quisiera que el que fuera mi esposo y yo adoptáramos dos bebés y formáramos esa familia que yo no tuve y que daría todo por llegar a tener”.

Hoy Samantha ya no está. Un terrible asesinato acabó con su vida y por lo tanto con sus sueños tanto de ser senadora como de casarse vestida de blanco. 

El pasado lunes 15 de enero la primera noticia con la me recibió mi algoritmo de Google se titula: “Asesinada la activista trans, Samantha Gómez Fonseca, al salir de una visita en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México”.

En el cuerpo de la nota de El País, se lee que en octubre recibió la Medalla al Mérito de las y los defensores de los Derechos Humanos 2022 y que también había convocado a una concentración por la dignidad trans. Esa fue su última publicación. 

Que en paz descanse Samantha Fonseca y, sobre todo, que se haga justicia. 

*@betotavira

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