No tiene elección. No puede eludir las miradas furtivas. No hay manera de evitar los codazos cuando llega a un evento. No puede dejar de oír la estela de cuchicheos que deja a su paso. No tiene capacidad de extinguir los titulares provocados por lo que dice verbalmente pero, sobre todo, por lo que dice, de manera incendiaria, a través de su ropa. Esa es la maldición de la primera dama. 

Cuando criticar la vestimenta de la esposa del Presidente de nuestro país se convierta en un deporte olímpico, México ganará todas las medallas de oro. Pero la tendrá difícil, porque el Reino Unido, España y Estados Unidos son potencia en tabloides, programas de cotilleo, blogs, influencers de moda, revistas del corazón y todos esos escaparates de crítica a los que, sin culpa y si pena, somos asiduos los guapos.

Eso sí, el que es criticón (como yo comprenderé) es promiscuo en temas. ¿Por qué ser fiel a uno si la fidelidad es una condición exclusivamente canina? Entonces criticamos las bodas y el vestido de la novia, las exposiciones de arte, cómo se visten las estrellas de Hollywood en la alfombra roja, a los autores de libros, los discursos de las Miss Universo y los cuerpos de los fisicoculturistas, criticamos también a los nuevos ricos… ¡Por favor, no seamos hipócritas! Si nos criticamos a nosotros mismos todo el tiempo por qué no habríamos de criticar a los demás. Incluidas las primeras damas en turno.

Dicho esto, viajemos rápidamente a los últimos sexenios de la segunda mitad del siglo XX para descubrir cómo les fue a las esposa de los mandatarios en el rubro de la crítica por su imagen. Por ejemplo, a María Esther Zuno, esposa de Luis Echeverría, no la bajaban de “jarrito de Tlaquepaque” por su estatura baja y su gusto por enfundarse en trajes típicos y regionales de México. Era alérgica al lujo y la ostentación. De echo, antes de Beatriz Gutiérrez Müller, la señora Zuno pidió que no la llamaran “primera dama” sino que se refirieran a ella como “la compañera” María Esther. Ya se pueden imaginar las caricaturas que protagonizó en la prensa.

Luego, su sucesora, Carmen Romano, esposa de José López-Portillo, se convirtió en el antagónico de María Esther. La señora Romano era aficionada a las joyas y a la moda. Su arreglo personal altamente recargado era blanco fácil de los chistes y de los chismes. Excéntrica, es la palabra que se les viene a la mente a los conocedores de la vida de la López-Portillo. Total que ni una ni otra dieron gusto a todo un país, si acaso a cierto sector, y eso, a ratos. 

Pero la maldición de la primera dama también se hizo latente con la llegada del siglo XXI. Marta Sahagún, esposa del presidente Vicente Fox, quiso ser la más glamurosa de la historia de Los Pinos, pero vio su suerte al enfrentar las acusaciones hechas por diputados federales sobre supuestos gastos excesivos en su vestimenta personal, con cargo al erario. Martita, como la llamó Guadalupe Loaeza en uno de sus libros, salió a defenderse mostrando las facturas de la ropa Escada, Macario Jiménez, Loewe y Chanel que habitaba en su guardarropa, la cual se había comprado en abonos chiquitos para pagar poquito. Fue tal el escándalo que tuvo que donarla en una subasta para recaudar fondos para niños con cáncer.

Luego vino Margarita Zavala, la esposa de Felipe Calderón, la cual, para desmarcarse por completo de los excesos de su antecesora, puso una barrera a cualquier propuesta que tuviera que ver con su “buena imagen”. La crítica de inmediato hizo su arribo y a la señora Calderón no la bajaban de fachosa los conocedores y los no conocedores de moda. Para recargarse en el nacionalismo, Margarita usó rebozos lo mismo con saco que con vestido de noche, como si tuviera tatuada esta prenda a manera de body painting.

Al siguiente sexenio hizo su arribo Angélica Rivera, entonces esposa del presidente Enrique Peña Nieto. “La Gaviota”, como era conocida, desde luego que tenía más cultura de la imagen, eso que ni qué, pues tantos años trabajando en la fábrica de sueños llamada Televisa le ayudaron a saber cómo sacarse partido, de acuerdo a los cánones de belleza que gustan al público de masas. Le invirtió al trapo. Tuvo asesores. Contrató gente con la pupila refinada en temas de tendencias, cortes, colores y marcas para dejar atrás los brillitos y mudarse hacia el tweed y, ni así, se salvó de la crítica permanente.

Finalmente está el caso de Beatriz Gutiérrez Müller, la esposa del presidente López Obrador, a quien sabemos, no le interesa hablarse de tú con “el buen gusto”. Vamos, no en el estricto sentido del By The Book. Para nadie es secreto que para la escritora e investigadora la moda no está en el punto más alto de su pirámide de Maslow. En buena parte porque así ha sido toda su vida –la he seguido desde 2005 y nunca ha sido un icono de la moda– y por otro lado, por congruencia: Beatriz, con su atuendo, quiere eliminar las distancias con la base del pueblo. Por eso lo sencillo, lo económico y lo mexicano.

Uno nace con una genética que gusta a unos y turba a otros. Aceptémoslo, Beatriz no tiene la genética para pertenecer al club de Las mejor vestidas de México. ¿Que se puede asesorar de expertos? Sí, claro. Pero no quiere. ¿Que la van a seguir criticando? Sí, claro. Mientras llega el turno de la siguiente. ¿Que todo México la señala? No estoy seguro que para los más de 40 millones de pobres del país el tema de la imagen de la esposa del presidente esté en sus prioridades. ¿Que a los guapos no nos gusta cómo se viste? Pues sí, pero ese gusto es tan subjetivo como habitantes en el planeta.

Beatriz, Margarita, Marta, Carmen, María Esther… todas tienen una maldición, temporal, pero incisiva: la maldición de la primera dama, en la que no importa lo que hagan o dejen de hacer desde su posición privilegiada, a favor de quienes lo necesita. Lo que trascenderá en las redes y la opinión pública será la envoltura del personaje. Y así, durante seis años. Más vale aprender a vivir a pesar de la bulimia informativa del monopolio del buen gusto. Mientras llega la siguiente víctima.  

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