A pocos días de que empiece la Semana Santa, las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén siguen prácticamente vacías de peregrinos, con algunas excepciones aquí y allá que apenas consiguen aliviar el sufrimiento de los vendedores de recuerdos, que llevan cinco años encadenando crisis tras crisis.
A pesar de que por las calles se ven cada vez más caras extranjeras, a medida que el tiempo mejora y las aerolíneas retoman sus vuelos a Israel, la mayoría de los que llegan son estudiantes o trabajadores extranjeros y sus familiares, que vienen a ocupar el vacío que han dejado decenas de miles de palestinos de Cisjordania ocupada a los que las autoridades israelíes, tras el 7 de octubre de 2023, no permiten trabajar en el país.
«El problema son los seguros»
«El problema fundamental son las compañías de seguros», explica el sacerdote Joaquín Paniello, del Opus Dei y que lleva 15 años viviendo en Jerusalén, en una entrevista a la entrada del Santo Sepulcro.
Paniello asegura que muchas aseguradoras todavía no cubren los viajes a Israel, a pesar de que la mayoría de aerolíneas ya vuelan al país y la situación, aunque tensa, no se compara con la segunda mitad de 2024, cuando las tensiones con Irán hacían temer una guerra regional.
Otros no se sienten cómodos haciendo un viaje, aunque sea una peregrinación espiritual, mientras a pocos kilómetros de distancia continúa la ofensiva israelí contra Gaza, que ya ha causado más de 50.000 muertos.
Pero los principales damnificados por esa decisión, dice el cura, son los palestinos cristianos de Jerusalén, Belén y el resto de lugares sagrados de Palestina, que durante décadas han dependido del turismo religioso para llenar sus restaurantes, sus hoteles y sus tiendas.
«Todo el que ha podido, se ha ido», lamenta Paniello. La minoría cristiana palestina es, cada vez, más minoritaria.
EFE






