“Hay que repartir invitaciones para el funeral de uno”: esto me lo dijo Elena Poniatowska en la primera entrevista que hice en video a un personaje público, hace más de veinte años. Yo todavía estudiaba los últimos semestres de la carrera de Ciencias de la Comunicación y esa conversación, que originalmente fue grabada en VHS, me abrió las puertas en mi carrera como reportero una vez que redacté un fragmento en computadora y lo mandé a la revista EXP, de Grupo Editorial Expansión.
El contexto de la respuesta –de quien para entonces ya era una prestigiada escritora– tenía qué ver con una pregunta sobre la pérdida: de la juventud, del poder, del éxito, del dinero, de la vida. Con aquella metáfora, en la que más tarde profundizó la autora, me dejó claro que al final del camino hay que hacer latente la mejor versión de uno mismo; que las “invitaciones”, eran acciones y, “el funeral”, se refería a la posteridad. En lenguaje para guapos: cómo quiere uno que lo recuerden tras su muerte.
Con los años comprendí que Elena, de alguna forma, también estaba apelando a los recursos periodísticos y literarios donde el principio y el final es lo más impactante de una historia. Y si me orillan, es el final lo que adquiere mayor recordación, aunque no necesariamente sea lo más importante.
La muerte del gobernador de Puebla me hizo recordar esa frase de Poniatowska. Luis Miguel Gerónimo Barbosa Huerta, quien falleció el pasado martes 13 de diciembre de 2022 a los 63 años de edad, en los últimos años se enfocó en repartir “golpes” más que en repartir “invitaciones”. En la mayoría de los casos eran peleas innecesarias.
Y es que recordemos que desde la investidura de gobernador de Puebla, vimos, escuchamos y leímos a un Miguel Barbosa en su peor versión. Desde las declaraciones que hizo en marzo de 2021 donde, en conferencia de prensa, dijo que “los pobres estamos inmunes” ante la pandemia de la COVID-19 –como si el virus comprendiera de códigos postales–, hasta las declaraciones del mismo año, donde señaló que en el caso de las desapariciones de mujeres en la entidad se debía a que “muchas veces están desaparecidas porque se van con sus novios”. Aceptó que había casos reales de desaparición, pero que eran mínimos.
Este sólo es un par de ejemplos desafortunados que vinieron a sumarse al discurso de octubre de 2019 en donde Barbosa se refirió al incidente aéreo en el que murieron Martha Érika Alonso, gobernadora de puebla, y a Rafael Moreno Valle, exgobernador de la entidad y esposo de la mandataria estatal, como un “castigo divino”.
¿Qué le pasó a Barbosa desde que se sentó en la silla de Gobernador? ¿De verdad creía que a él le funcionaría la estrategia de la división que es marca registrada de López Obrador? ¿Miguel se sintió inmortal y todopoderoso con una diabetes mal cuidada que le había costado la amputación de la pierna derecha en 2013? ¿Escuchaba a su esposa María del Rosario Orozco Caballero o a sus hijos? ¿Ellos le decían que se estaba equivocando?
En los últimos tres años, por lo menos, a Miguel Barbosa se le atrofió la brújula del deber ser, se le borraron los mandamientos del catolicismo que hacía alarde practicar, se le desconectó el cerebro de la boca y se le disparó un resentimiento en el que la amenaza a periodistas, como Francisco Zea, y activistas, como Saskia Niño de Rivera, encendieron las luces de alarma de un hombre al que la soberbia se le exacerbó demasiado cerca de la muerte. Una muerte que él sabía no estaba lejana, y no por vidente; sino por sobreviviente de una diabetes tipo 2 que le pasaba factura diariamente desde hace 30 años.
Hoy, lejos de reconocer los logros a lo largo de su carrera como diputado, senador, presidente del Senado de la República y gobernador de Puebla, la opinión pública le está pasando factura a sus últimos años de diarrea verbal. Las redes sociales, ya se sabe, no conocen de ética y modales refinados así que, lejos del lamento por su fallecimiento, han mostrado mensajes poco empáticos con los deudos con frases como “El karma sí existe” y “Castigo divino”, metiendo el dedo en la llaga cuando Barbosa se refirió a la trágica muerte de los Moreno Valle.Miguel Barbosa tuvo un mal cálculo en aquello que me referí al inicio de esta entrega. Sabedor de su funeral cercano, lejos de repartir “invitaciones” esparció todos los sentimientos antagónicos al amor y a la compasión que siempre son abono fértil para el legado. El protagonista eligió una batalla con todas sus facultades mentales lúcidas. Prefirió ser odiado que amado. Probablemente de nada servirán sus años maravillosos si al final sólo salpicó crueldad. Y ese es el final, aunque casi siempre se cuenta al inicio de cuando se cuenta una historia.






