Los guapos estamos muy preocupados. No nos deja de temblar el ojo por la culpa de esa tirana llamada incertidumbre. Y es que, en nuestro cónclave reciente, hemos puesto sobre la mesa el tema de que las más importantes bibliotecas privadas de México están en peligro, pues podrían ir a dar al depósito donde compran el kilo de papel de publicaciones en 40 centavos.
No exagero. A decir de las informantes de #MiCISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional), la biblioteca de la periodista Lydia Cacho –la que tenía en su estudio de su casa de Quintana Roo– se encuentra en cajas, en una bodega, donde tuvo que ser almacenada tras la venta de la propiedad, una vez que la activista mexicana se exilió en España para proteger su vida, tras el atentado en su domicilio.
Alrededor de 700 libros –algunos de primeras ediciones, otros dedicados por sus autores nacionales o extranjeros y unos más con anotaciones de la periodista mexicana más premiada a nivel mundial en los últimos tiempos– no tienen a dónde ir a dar.
El costo por la media tonelada de peso de los ejemplares hace imposible su mudanza a Málaga, donde se ha instalado de manera permanente Lydia Cacho que, a estas alturas, no debe ni de saber las joyas que hay en el interior de esas cajas de cartón.
Toda proporción guardada, y con otro contexto, está el caso de las bibliotecas de José Emilio y Cristina Pacheco, el primero falleció en 2014 y su esposa en diciembre de 2023.
Si bien las colecciones de ambos siguen habitando en la que fuera su casa de la colonia Condesa y custodiadas por su hija Laura Emilia Pacheco, hoy por hoy no tienen un destino que las salvaguarde y preserve por los siglos de los siglos.
Existe el proyecto de que esa casa, con todos sus libros y objetos, se convierta en un centro de poesía, la propia Laura Emilia lo ha hecho público a propósito del décimo aniversario luctuoso de su papá pero, insisto, al cierre de este texto no hay algún apoyo gubernamental –en términos económicos y legales– para que se concrete.
Debe de haber muchos otros casos similares. Otros más deben de ser lamentables, como el que cuenta la leyenda de la biblioteca del dramaturgo Hugo Argüelles que acabó desperdigada en los tiraderos de los libros de viejo, en el mejor de los casos.
Por eso los guapos, en breve pero emotiva ceremonia, hacemos una cordial invitación a las gobernantes entrantes para que se genere una Política de Estado que adquiera y preserve las bibliotecas de los grandes pensadores y pensadoras de México.
En estricto sentido no es una idea original. Esto ya lo hizo Consuelo Sáizar, en sus años como titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) que, dentro de su Proyecto Cultural del Siglo XXI, incluyó el “cerebro bibliotecario de México” conformado por las bibliotecas de José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis.
Gracias a estas adquisiciones hoy cualquier mortal puede husmear los libros que construyeron el pensamiento de estos personajes célebres que tienen sus bibliotecas –chulísimas en términos arquitectónicos– en la Biblioteca de México.
Este proyecto, fecundado en el último gobierno panista, pasó a mejor vida en el último gobierno priista. Se habla de que hubo un fondo de 50 millones de pesos que dejó Consuelo Sáizar para continuarlo pero… ni fondo ni forma.
Es por eso que el sexenio de la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum, es el marco idóneo para resucitarlo pero con el eslogan de la casa: “Es tiempo de mujeres”.
Que ahora sea el turno del rescate de las bibliotecas de las mujeres más destacadas y prolíficas que ha parido nuestro país. Las coordenadas de la Biblioteca de México serían las ideales, pues en la primera fase de este proyecto no hay mujeres.
¿Se imaginan todo el acervo de Elena Poniatowska siendo vecino del de Carlos Monsiváis, su amigo entrañable?
¿A poco no les gustaría conocer los libros que ha leído Laura Esquivel y que la llevaron a crear toda su obra, como la célebre “Como agua para chocolate”?
¿Qué me dicen de la colección de Carmen Boullosa que debe de tener lo que nadie tiene en este país?
¿Neta no hay alguien preocupado por blindar la biblioteca de Margo Glantz que, como sabemos, su acta de nacimiento nos está jugando en contra?
No se debería necesitar un certificado de defunción para planear qué se va a hacer cuando esas autoras dejen este plano terrenal. En lenguaje para guapos: esa Política de Estado sería como un testamento que se deja en vida para que luego los herederos no anden desperdigando la colección en el tianguis de los domingos de La Lagunilla.
Tampoco debería requerirse una credencial de afiliación al partido político que esté en el gobierno. Ni siquiera simpatizar con él. El acervo de las bibliotecas de México es para México.
Finalmente, los invoco a una cadena de oración para que tomen nota los asesores de la próxima secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, y no sólo busquen, sino que encuentren la forma y el presupuesto para responder al grito de auxilio de las bibliotecas de México, pero, sobre todo, las bibliotecas de sus mujeres más prominentes.






