“Hay quienes piensan como Carlos Marx, pero les gusta vivir como Carlos Hank”. Esta frase que hace muchos años escuché pronunciarse por primera vez desde la garganta profunda de alguna de las integrantes de Mi CISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional), ha adquirido mayor vigencia en lo que va de la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador.  

Y es que una muestra representativa de los feligreses de la Cuatroté tienen la intención de aplicar la “pobreza franciscana” que propone el Jefe del Ejecutivo, pero sin renunciar a lo último en tecnología proveniente del capitalismo rapaz; algunos de los siervos de la nación dicen que sí a la “austeridad republicana” del Primer Mandatario, pero no están dispuestos a dejar de vestirse con la ropa y los zapatos de marcas que son la máxima expresión del imperialismo yanqui; muchos afiliados al partido Morena coinciden con el Presidente de la República en “no aferrarse a las cosas materiales” pero no pueden –y tampoco quieren– dejar de comprar todo lo que su ego necesita (por internet, para que no los cachen) desde Mercado Libre o Amazon punto com.

El problema no es que el Presidente pretenda que se viva una vida comunista en un país capitalista. Eso, por sentido común, sabemos que es una utopía. El problema de raíz es que sus simpatizantes compren y vendan ese discurso esquizofrénico, con el resto de los mortales, sin saber que sólo hacen el ridículo. No perdamos de vista que esas “ideas” del Presidente, que son llamadas “ocurrencias” por sus detractores, en realidad forman parte de la psicología de un personaje altamente taquillero llamado López Obrador. 

A continuación me explico: Andrés Manuel ha creado un personaje que, para su fortuna, se conoce por sus apellidos López Obrador. Esas 2 palabras y 12 letras en el año 22 del Siglo XXI son conocidas prácticamente a todo lo largo y ancho del territorio nacional. Pero no ha sido fácil. Estamos hablando de una cocción a fuego lento, pues el personaje comenzó a gestarse hace poco más de 50 años con tres características que lo han vacunado contra la amnesia: la autenticidad, la conexión emocional y la ayuda económica.

Según Konstantín Stanislavski –el actor, director y maestro de actuación de origen ruso– en la construcción del personaje hay que huir de lo común, “porque lo más normal es ver actores estereotipados repitiendo un código de gestos tipo, voces engoladas y actitudes previstas catalogadas en un fácil y reconocible cliché”. El autor de los libros Un actor se prepara, Construyendo un personaje y Creando un personaje propone un trabajo de búsqueda interior para alejarse del estereotipo y buscar la sinceridad en su actuación y en su personaje. Según el Método Stanislavskiano “Es esta la técnica que marca la diferencia cuando se comenta que un actor ‘no sabe lo que está haciendo en el escenario’ o bien solamente ‘está diciendo el texto’”.

No sabemos si Andrés Manuel estudió o leyó sobre actuación, lo cierto es que muchas de esas técnicas actorales se pueden observar en el personaje de López Obrador. Por ejemplo, “El Objetivo/Superobjetivo”, que definen cuál es la meta del personaje en cada escena por medio del establecimiento de verbos en acción. En el caso de López Obrador los más recurrentes son: acabar con la corrupción, combatir la pobreza y erradicar la injusticia. En estos verbos en acción son congruentes las frases del personaje: “pobreza franciscana”, “austeridad republicana” y “no aferrarse a las cosas materiales”, entre otras. 

De los muchos autores que han escrito sobre la actuación de igual forma destaca Brian O’Neil con su libro Acting as a Business donde sostiene que la actuación no solo es un arte, también es un negocio. Por eso es necesario no solamente poseer el talento y practicar el arte sino saber promoverse ¿les suenan las conferencias mañaneras desde que López Obrador era Jefe de Gobierno de la Ciudad de México?

Desde que Andrés Manuel se cruzó la calle para transitar por la acera de la izquierda –recordemos que comenzó su carrera política por ahí de 1970 en las filas del PRI– se propuso presentar y posicionar a López Obrador con su público: con el pueblo, con los de abajo, con los menos favorecidos que, según las estadísticas, son la mayoría de habitantes de México. Ahí ancló la conexión emocional, en gran medida, con el saludo de mano en mano. Desde hace cinco décadas ha ido puliendo al personaje, adaptándolo, perfeccionándolo hasta llevarlo a la cúspide su Historia: la Presidencia de la República, desde donde la ayuda económica ha abonado a su personaje y, desde luego, a su popularidad.

En esa construcción ha sido fundamental la caracterización física (hubo una época donde no se peinaba el gallo de su pelo, lo que lo hizo parodiable, cuando se le podía parodiar en televisión abierta); el vestuario (donde procura usar trajes de vestir de modesta calidad con tallas más grandes que la suya); el tono y timbre de su voz (con su característico ritmo pausado y su acento tabasqueño que pudo haber cambiado en clases de dicción); el diálogo o monólogo (que sabe cómo incendiar las redes sociales). 

Pero sólo Andrés Manuel puede sostener el personaje de López Obrador por décadas, por años, por largas horas del día e incluso irse a dormir con él. El grave error de los Lopezobradoristas es querer ser López Obrador. Pretenden emularlo, sobre todo en las campañas electorales y, en el mejor de los casos, puede que la imitación les salga a ratos. Pero cuando llegan adonde quieren llegar “sueltan” al personaje, por decisión propia o porque ya no pueden interpretarlo. Les cansa. Les ganan sus propios gustos, filias, aspiraciones… les sale su yo interno. Y ese no es el problema, la bomba viene cuando los que fuimos espectadores de su imitación nos damos cuenta que era solo eso, una mala imitación. Entonces viene el señalamiento, el cuestionamiento, el apedreo como a María Magdalena. No es para menos. Con la mentira viene de la mano el enojo porque no hay nada peor que el insulto a la inteligencia.

Nadie puede sostener el personaje de López Obrador. Ya es marca registrada. Está tatuado en el imaginario colectivo. El nuevo reto para los aspirantes a suceder al Presidente en las elecciones de 2024 será crear un nuevo personaje. Potente. Provocador. Carismático. Auténtico. Con el Método Stanislavski o con el que sea igual de serio, porque hasta ahorita, a los destapados no les alcanza su personaje, parecen puros egresados del CEA de Televisa.

Twitter: @betotavira

 

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