Es público: no soy un hombre soltero. Tengo las sensibilidades exacerbadas y estoy casado con otro hombre que se llama Brando Alcauter. No ahondaré en los años que yo le llevo a él porque nos vemos de la misma edad, pero lo que sí les contaré es que nuestra llegada frente a la juez del Registro Civil –el 6 de noviembre de 2021–, se debió más al terror que al amor. 

El contexto de nuestra historia, resumida en 258 caracteres con espacios, es el siguiente: dos chavos que se conocieron en un antro gay y decidieron vivir bajo un mismo techo, en una relación de pareja, en la cual crearon patrimonio en conjunto y, en mi caso, hay una empresa, marcas comerciales y proyectos profesionales que se deben de preservar. 

A lo largo de siete años de noviazgo, que según la ley ya se considera un concubinato, Brando y yo hablamos, en por lo menos cinco ocasiones, de casarnos por lo civil. Casi siempre alrededor de la coyuntura de nuestro aniversario nos preguntábamos: “¿Qué sigue? ¿A dónde vamos? ¿Te gustaría que nos casáramos?” Y luego volaba la imaginación de ambos al grado de perdernos del foco. En el laberinto de posibilidades el destino siempre era el mismo: envejecer juntos y cuidarnos el uno al otro.

La lista de invitados, el wedding planner, el lugar de la boda y el menú rondó nuestras conversaciones en algunas ocasiones pero no de manera compulsiva. En esas primeras veces hablamos del matrimonio desde el terreno del amor, pero no del amor romántico; más bien de ese amor del que habla Erich Fromm en su libro El arte de amar. Eso sí, tanto Brando como yo le hicimos las actualizaciones necesarias a esa literatura para aplicarlas en el siglo,  en las coordenadas y en los privilegios donde nos ha tocado vivir enarbolando una bandera con los colores del arcoíris. 

En el año 2020, luego de celebrar nuestro quinto aniversario, hizo su intempestivo arribo la pandemia por la COVID-19. Nuestros planes de casarnos pasaron del terreno del amor al terreno del terror. El miedo. La incertidumbre. “¿Y si te hospitalizan no voy a poder tomar decisiones importantes porque ‘no soy familiar’? ¿Y si alguien de los dos muere la familia del difunto llegará a disponer de algo que no conoce o que no le corresponde?” Los escenarios se volvían cada vez más catastróficos conforme veíamos en las noticias las cifras de muertos por coronavirus que se contaban por miles y miles en el mundo. Incluido México.

Nuestra relación en unión libre, con innegables privilegios como el amor de nuestras familias, una red de apoyo importante y vivir en la Ciudad de México, formaba parte de la estadística donde las personas cónyuges o concubinas del mismo sexo no tenían acceso y disfrute a la protección social, servicios y prestaciones de quienes se encuentran aseguradas en el IMSS e ISSSTE. Creímos no necesitarlo, hasta que el olor a muerte ingresó a nuestro círculo cercano.

En la cresta de la ola es difícil valorar la importancia de la seguridad social. La juventud y el éxito aunado al enamoramiento pocas veces permiten generar escenarios apocalípticos como el que nos presentó la pandemia. Muchos perdimos mucho. Algunos la estabilidad económica. Otros la estabilidad emocional. Otros más la vida. Y desde esa barrera de protagonista y espectador sí se analiza el futuro. 

Por amor, pero también por miedo, Brando y yo nos casamos a finales de 2021. El matrimonio nos daba la seguridad social que no le alcanzaba al concubinato, en donde habíamos vivido y depositado muchos fragmentos de nuestra felicidad compartida.

En un entorno revuelto por la pandemia, en un mundo convulso por la guerra de Ucrania y en un México donde el sistema de salud le quedó a deber a sus habitantes, decidimos firmar el acta de matrimonio en una ceremonia –hermosa, eso sí–, donde sólo nos acompañamos por la mamá de Brando y mi mamá. Sólo cuatro personas frente a la juez Juana Soler, en una casa prestada en la colonia Santa María la Rivera, propiedad de los dueños del antro donde nos conocimos Brando y yo: El Marrakech. Sigo añorando la luna de miel, pero esa, es otra historia. 

A principios de este año, en febrero de 2022, Brando –quien se había titulado en Administración Pública por la UNAM– se inscribió al primer Parlamento Juvenil LGBTIQ+, en el Senado de la República impulsado por la organización LGBT+ Rights Mexico con el apoyo de la bancada de Movimiento Ciudadano. Durante cinco meses mi marido trabajó con más de 50 jóvenes de toda la República Mexicana para presentar sus propuestas en la Cámara Alta. 

Finalmente, el 23 de junio de 2022, Brando presentó en la tribuna del Senado una propuesta de reforma a la ley del IMSS para que las parejas del mismo sexo en concubinato tuvieran seguridad social. Su discurso fue glorioso, lo dijo con la fuerza de un huracán. No exagero. El video está en YouTube. Yo lo vi como invitado, sentado en un escaño de la fila de más atrás, porque sabía que en cualquier momento me iba a poner a llorar. “A los hombres como nosotros el éxito sólo les llega después del dolor”, se lo dije a Brando en nuestros votos matrimoniales y lo recordé cuando los asistentes le aplaudieron fuertemente.  

Es muy importante precisar que esta propuesta de Brando, que contó con la asesoría de la activista Lol Kin Castañeda, tiene su origen en una iniciativa que fue presentada por el senador Germán Martínez y la senadora Martha Lucía Mícher Camarena, quienes la pusieron sobre la mesa el primer día, del primer periodo, del primer año de sesiones de esta legislatura. Es decir, en el 2018. Cuando la senadora Patricia Mercado le entregó su diploma a Brando, al final del Parlamento Juvenil, se lo recordó y se comprometió a que la iban a sacar de la congeladora.

Finalmente, el 6 de diciembre de 2022, por unanimidad, el Senado aprobó una minuta que busca asegurar el acceso y disfrute a la protección social, servicios y prestaciones a las personas cónyuges y concubinas del mismo sexo, de quienes se encuentran aseguradas o asegurados en el IMSS e ISSSTE. Ahora está en la cancha del Ejecutivo federal, quien tiene hasta 30 días para hacer alguna observación y, si no la tiene, entonces será publicada en el Diario Oficial de la Federación. 

La aportación de Brando, aunado al compromiso de varias senadoras y senadores, de alguna manera contribuyó a “descongelar” una iniciativa presentada cuatro años atrás y que ahora, como lo dijo en su discurso, “es importante y urgente”. 

Estábamos juntos cuando Brando me dio la noticia. Nuestros amigos habían mandado a diversos chats de WhatsApp el hilo en Twitter donde Patricia Mercado informaba que el Senado había aprobado la reforma de ley. Nos abrazamos, brincamos juntos. Me sentí sumamente orgulloso de Brando que, desde su trinchera puso su granito de arena, y se sumó a distintas voces, de distintos partidos, de distintas ideologías y de distintas generaciones para quitarle un peldaño a la escalera de la discriminación.

“De haber sabido, no me caso”, le dije a mi marido. La ironía se me asomó frente al asombro. Yo mismo no lo podía creer. Es un hecho histórico. Y fui testigo presencial en el Senado de la República y también por estar casado con “el descongelador”.

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