Lydia Cacho es un corazón partido que se niega a dejar de latir. Su vida, los guapos la comparamos con un electrocardiograma que sólo tiene picos muy altos hacia arriba y otros profundos hacia abajo
Vengo aterrizando procedente de España. Estuve en la tierra de la dinastía de los Borbón durante algunas semanas por tres motivos principales: pasar las fiestas decembrinas con mi esposo Brando Alcauter en Madrid, conocer juntos la región de Andalucía y visitar amistades que tenemos tanto en Dublín como en Málaga.
A pesar de tener organizada la ruta Sevilla-Córdoba-Granada-Málaga, un mensaje de Telegram que llegó a mi iPhone los primeros días del 2024 nos motivó a hacer pequeños ajustes en la agenda andaluza para comenzar en Granada, esa tierra soñada por mí.
El cambio merecía toda la pena pues se trataba de adelantar por dos semanas un evento que originalmente sucedería en Málaga y el cual había sido el más anhelado en los últimos cinco años: mi reencuentro con Lydia Cacho, la prestigiada periodista mexicana que desde 2019 está exiliada en España para proteger su vida luego del intento fallido de unos sicarios que entraron a su casa de Quintana Roo para matarla.
El encuentro emotivo con mi “Masafa” –como le digo a Lydia por ser mi amiga Más Afamada a nivel internacional– llegó como regalo de Los Reyes Magos, el 6 de enero.
Sucedió a las 13:43 horas en la cúspide del Mirador de San Nicolás, en el barrio del Albaycín.
A lo lejos vi llegar a Lydia Cacho cubriendo con un abrigo rojo sus 60 años de edad y sus 55 kilogramos de peso.
Traía unos lentes de sol cual celebridad. “¡Estás guapísima!” le dije antes de cualquier otra cosa. Es que era absolutamente cierto.
Nuestro primer abrazo después de cinco años de distancia trasatlántica quedó flanqueado por la Iglesia de San Nicolás de un lado y la panorámica de La Alhambra del otro. Pero Lydia no llegó sola.
Estaba acompañada de una perrita juguetona de nombre Cora.
–¿Por qué le pusiste Cora? –le preguntó Brando a Lydia, luego de su respectivo abrazo y beso.
–Cora es de corazón, porque llegó para sanar mi corazón por el asesinato de mis perritas en el atentado de mi casa.
De alguna manera acompaña a mi corazón partido que tiene un pedazo en España y otro en México.
Esta última frase es quizás la que mejor responde la pregunta que todo mundo me hace “¿Cómo está Lydia Cacho?” Desde los cercanos que saben de mi amistad de casi dos décadas con la periodista mexicana más valiente y prolífica de su generación, hasta los desconocidos que observan cuando ella y yo subimos una foto juntos o nos comentamos en nuestras respectivas redes sociales.
Lydia Cacho es un corazón partido que se niega a dejar de latir. Su vida, los guapos la comparamos con un electrocardiograma que sólo tiene picos muy altos hacia arriba y otros profundos hacia abajo.
Líneas horizontales ¡Jamás!
Así que respondiendo “¿Cómo está Lydia Cacho?” les diría que es falso decir que Lydia está bien como también lo es decir que está mal.
La Cacho está bien y mal al mismo tiempo.
Quizás porque su nombre sólo sabe de extremos; sus amores y noviazgos recientes, también.
Tras el abrazo del reencuentro nos fuimos a comer Lydia, su hermano Óscar, Cora, Brando y yo a una terraza soleada.
No sólo la redescubrí vibrante, sino que confirmé su relación más estable: la seducción.
Lydia nos habló de sus amores: del guapísimo argentino, del futbolista sueco, del empresario griego, del español muy majo, del mexicano súper tú las traes.
Sin embargo, en los mismos altibajos del electrocardiograma del corazón partido recordó que, por razones de seguridad, no pudo viajar a México para asistir al funeral de su primer marido, Salvador San Martín, con quien estuvo casada durante 13 años y de quien se divorció en el 2000.
***
Dos semanas después del reencuentro de Granada, Brando y yo viajamos a Málaga, después de unas escalas en Dublín y Edimburgo.
El 19 de enero de 2024 nos apersonamos con champaña en mano en las nuevas coordenadas de Lydia Cacho para cumplir con lo acordado: visitarla y pasar con ella un fin de semana como sus huéspedes.
“Mi hermano Óscar dice que, así como hay nuevos ricos yo soy nueva pobre” dijo Lydia riéndose de ella misma tras darnos un tour por el departamento que alquila, de alrededor de 80 metros cuadrados –aunque su mundo sigue midiendo kilómetros– en el que destacan en las paredes los cuadros de su otro hermano Jose Cacho, quien es artista plástico.
Por cierto, la única fotografía que está en un portarretrato, en la sala, es de Lydia con Salvador, cuando estaban casados.
Lo de “pobre” viene a colación porque la que era su casa de Puerto Morelos, en Quintana Roo, tenía una extensión en terreno y en construcción mucho mayor que este piso malagueño.
Según nos contó Lydia, ya la ha vendido.
“Me arrebataron mi hogar, pero nunca la esperanza”.
Brando y yo fuimos clientes frecuentes de aquella casa en forma de caracol que, en el tercer piso, albergaba el estudio de Lydia y su biblioteca.
Sus libros estaban marcados con un sello con su nombre y apellido.
Por fortuna me regaló algunos que atesoro en mis libreros.
Por suerte, conserva la generosidad de regalarme libros como el de “El rey ante el espejo” que muestra el legado, asedio y política en el trono de la reina Letizia y Felipe VI, escrito por la periodista española Ana Romero, amiga de Lydia.
El ejemplar lo tomó de un pequeño librero en el que también había libros que ha escrito Lydia y que han sido traducidos al italiano, portugués, indonesio… y próximamente en ucraniano.
Esto es una primicia para Política para guapos, pues publicará sobre las visitas que hizo a Ucrania en la reciente guerra.
En medio de todo esto, el médico de mi “Masafa” le hizo saber que el tumor que tiene en el páncreas ha crecido, una noticia que nos dejó sin aire al escucharla de su boca.
“Pero no pienso dejar el vino”, dice una Lydia que su físico no coincide con su acta de nacimiento.
En parte por herencia genética de su padre, quien este año cumplirá 90 años, y en parte por su estilo de vida: hace yoga diario, medita, se vitamina, camina mucho, baila y se ríe… bueno, en realidad Lydia no se ríe, se carcajea con la cara hacia el cielo.
Debo ir cerrando por cuestión de espacio, no por carencia de historias.
En la próxima entrega les hablaré de la relación de Lydia Cacho y la reina Letizia de España, entre otros chismecitos necesarios como por ejemplo con Antonio Banderas.
Mientras tanto, concluiré apuntando que en casi 20 años de amistad sé perfectamente que con Lydia no se debe agendar un plan.
Estar con Lydia es EL PLAN.
Su conversación, sus experiencias por el mundo, sus galanes, sus platillos que cocina para recibir, sus pasos de salsa, su desenfado cada vez más lúdico… eso lo es todo y bien vale un tren a Málaga.
Hoy Lydia Cacho abraza su corazón partido con la esperanza de volver a México.
*@betotavira






