Llegó sonriente. Alternaba su mirada entre el público espectador y el suelo donde pisaba con sus zapatos de tacón en color nude. Claudia Sheinbaum Pardo arribó a su Toma de Protesta como presidenta de México de la mano de su esposo Jesús María Tarriba Unger con quien, en punto de las 11:24 del martes 1º de octubre, cruzó la puerta principal del Congreso de la Unión. Esa que sólo se abre cada 6 años para el cambio de mandatario.
El vestido en tono marfil con el que editorializó el momento histórico se veía impecable. Fue elaborado con tela de algodón y elastano con bordados de más de 100 flores hechos a mano por la artesana oaxaqueña Claudia Vásquez Aquino.
El peinado le dio tregua a su marca registrada de pelo recogido por una cola de caballo y se decantó por un chongo medio. El tinte perfecto, sin algún rastro de los 62 años de edad de la primera mujer presidenta de México en 200 años de República.
El cielo estaba nublado. Al otro lado de las vías del metro que pasa frente a la Cámara de Diputados los simpatizantes de la cuatroté gritaban: “Es un honor estar con Claudia hoy”. Apenas caminó unos pasos Sheinbaum fue recibida por una comitiva de diputadas y senadoras del partido oficialista y de la oposición. Posaron juntas para las cámaras fotográficas y de video. Luego la escoltaron hacia el interior del recinto.
A su lado izquierdo estábamos, del otro lado de la valla de metal, los representantes de los medios de comunicación interesados en cubrir las llegadas del exterior. A decir de la oficina de Comunicación Social del recinto legislativo nos acreditamos alrededor de 2,000 personas tanto de la prensa nacional como extranjera. En mi circunferencia había colegas de Honduras y Chile, por ejemplo.
Sheinbaum seguía sonriendo mientras subía las escalinatas. Con la mano izquierda sujetaba a su marido y con la derecha saludaba a las cámaras. En el interior del edificio ya la esperaba el presidente saliente, Andrés Manuel López Obrador, la presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Norma Piña, y la diputada Ifigenia Martínez quien le entregaría la banda presidencial.
Previo a la llegada de Claudia habían desfilado los miembros de su gabinete, gobernadores e invitados internacionales como la primera dama de Estados Unidos, Jill Biden, quien a mi parecer se llevó la medalla de oro en porte y estilo.
También la aguardaban el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel; el de Brasil, Lula da Silva; el de Colombia, Gustavo Petro; el de Chile, Gabriel Boric; el de Guatemala, Bernardo Arévalo –quien se tropezó en las escaleras de subida pero logró meter las manos para cuidar el rostro–; el de Paraguay, Santiago Peña –de quien dicen las damas de mi CISEN que tiene todo que ver–, entre otros varios asistentes.
Ya en el interior, en su andar por el pasillo que conduce al podio principal del recinto, a Claudia se le fue encima una cascada de ovaciones por parte de los legisladores, en su mayoría de Morena y sus partidos aliados, así como de otros asistentes genuinamente alegres.
En los balcones de la parte superior de la Cámara de Diputados se pudo ver en primera fila al esposo de Claudia acompañado, de un lado, por la escritora Elena Poniatowska y, del otro lado, por su suegra Annie Pardo Cemo, mamá de Claudia.
Detrás de ellos estaban los hijos de Claudia: Rodrigo Ímaz Alarcón y Mariana Ímaz Sheinbaum, con sus respectivas parejas.
En la tercera hilera de asientos en ese mismo balcón estaba la esposa de López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, su hijo Jesús Ernesto y los hermanastros de éste, Andrés Manuel –ahora ya secretario de Organización de Morena– y José Ramón, acompañado de su esposa Carolyn Adams que, a decir de mi CISEN, llevaba el corto del vestido un tanto fuera de lugar.
Atrás, en la cuarta fila, estaba su hermano Gonzalo Alonso López Beltrán en compañía de su novia. Todos los cachorros del Palacio Nacional tuvieron oportunidad de convivir con los presidentes y representantes de otros países previo al inicio de la ceremonia. Particularmente se les vio conversando con la esposa del presidente de los Estados Unidos.
Minutos después Claudia llegó al lugar más imponente de San Lázaro. Comenzó su discurso con “Honorable Congreso de la Unión, pueblo de México, protesto guardar y hacer guardar…”. Fue emotivo. Luego vino el momento de la entrega de la banda presidencial que fue colocada sobre dos tacones. Fue histórico.
Alrededor de las 12:40 Claudia estaba nuevamente afuera del recinto. Ahora con la banda presidencial puesta. A su espalda una cargada de legisladores que casi tiran una puerta de cristal durante un intento de contención, por parte del equipo de seguridad, para que no invadieran el espacio y el protagonismo de la señora presidenta.
Mirando a las cámaras Claudia volvió a sonreír con la palma de la mano abierta en alto. Esperó a la marabunta y salió flanqueda por ellos. Al final de todos los escalones, sobre la avenida, la esperaba un vehículo gris –bastante modesto para la envergadura del evento y del personaje– al cual se subió abriéndose la puerta ella misma. Y se marchó.
Sin ostentación. Sin lujos. Sin parafernalia. Claudia Sheinbaum se fue cargando la presidencia de la República Mexicana sobre sus dos tacones que deberán transitar, durante seis años, en un campo minado.






