Yo confieso que sí me pudo la muerte de la reina Isabel. Y aunque todavía no llego a una conclusión certera sobre la causa primigenia, puedo sospechar que conectó con mi memoria emocional porque soy un hombre con las sensibilidades exacerbadas; porque en mis clases de Historia Universal siempre me produjo mayor curiosidad el tema de la Monarquía Británica; porque una vez graduado en Periodismo la vida me incrustó en la industria de la prensa del corazón y, desde ahí, he visto y escrito sobre la vida de Isabel II lo suficiente como para sentir una lejana cercanía. 

Desde que nací la reina ya era la reina del Reino Unido. Es corta mi existencia, apenas 45 julios –pero se me notan 32 cuando no me desvelo–, así que para tener dimensión sobre el personaje que nos atañe lo explicaré a través de mi ascendencia inmediata: mi abuela –de quien ya escribí en Política para guapos– nació en 1915, a sus 11 años de edad fue espectadora del nacimiento de Elizabeth Alexandra Mary (Londres, 1926), quien se convertiría en la reina Isabel II en 1952 cuando mi abuela ya le había dado vuelo a la hilacha con la primera mitad de los 10 hijos que Dios le mandó, entre ellos mi madre que, en el año de la asunción de Isabel, mi mamá estaba por cumplir 6 años. Desde México, en el entonces llamado Distrito Federal, mi abuela y mi madre fueron espectadoras de tiempo completo de una reina que supo dosificar esos aspectos de su vida privada que le generaban simpatías.

Esas mujeres de mi dinastía crecieron, se reprodujeron y murieron, pero como el cuento de Augusto Monterroso… Isabel todavía estaba allí. Y es que The Queen sólo se despojó de la Corona hasta su fallecimiento, el pasado 8 de septiembre de 2022. De sus 96 años de edad, 70 estuvo en el trono. Y lo vio todo. Y lo vivió todo. Y lo padeció todo. Porque su circunstancia llena de privilegios también conllevó enormes sacrificios. Los Windsor le han mostrado al mundo que los ricos también lloran. Los días de luz y de sombra han dado para libros, especiales de revistas, películas, documentales y series. Prácticamente se ha dicho todo de la Reina.

Pero ¿por qué si sólo vino a nuestro país dos veces (en 1975 y en 1983) nos generó tanto interés a algunos mexicanos, incluido yo, la muerte de la Reina? Porque la muerte nunca pasa desapercibida. No importa qué tan cercano o lejano se esté del fallecido. En el común denominador hay una sacudida interna en el inconsciente y, de inmediato, como parte del shock, viene la batería de preguntas del emisor hacia el receptor: “¿de qué murió? ¿cuántos años tenía? ¿tenía hijos?” Después de escuchar lo que sea, a los vivos los abraza una suerte de alivio, el cual la ciencia coloca como parte del “instinto de supervivencia” que, en mexicano, se traduce como: “qué bueno que fue ella y no yo”. Las religiones y los libros de autoayuda también han bautizado (y hecho negocio) con la desgracia del otro vista desde “el privilegio de lo que Dios tiene para ti”. Yo prefiero decirlo en otras pocas palabras: la vida sólo se valora a partir de la muerte. 

Ahora, bien, también nos conmociona una muerte como la de Isabel II porque, nos guste o no, en un país como el nuestro lleno de símbolos como el de La Virgen de Guadalupe y, en el extremo opuesto, “el síndrome de Sara García”, la mayoría de los mexicanos somos feligreses del matriarcado. Por tradición, por religión, por herencia, por gusto o por patología, la madre es la raíz. Y cuando se arranca esa raíz no vuelve a haber vida en ese hueco. La tanatología lo explica mejor. En lo personal recomiendo el libro Ayudar a morir de la doctora Iona Heath, (Katz difusión, Madrid, 2008).

Si una Monarca, o una Jefa de Estado o una líder mundial se muere, quizás no nos importe tanto como si vemos a esa mujer simplemente como madre o abuela. Dependerá de nuestras huellas de dolor para saber el significado que le damos pero, sin ánimos de desbancar a los especialistas, considero que la muerte de una madre es quizás la tragedia más universal que existe, el dolor que nos comunica en distintos idiomas y el duelo que une a pesar de las distancias en el planeta Tierra. 

Para los que tienen un corazón de piedra, la relevancia de la muerte de la Reina quizás la encuentren en la aritmética: el de Isabel II ha sido el funeral más mediático e importante en la Historia de lo que va del Siglo XXI. Tuvo una audiencia internacional de miles de millones de personas en todas las plataformas de comunicación habidas y por inventarse. Cada asistente a darle el último adiós en el Reino Unido, con su teléfono con videocámara, de alguna forma fungió como corresponsal con un explosivo efecto multiplicador en cada una de sus redes sociales. Ni la propia BBC, con la hegemonía que tuvo para la transmisión televisiva, pudo captar todos los momentos, detalles, rostros llorando, detrás de las vallas metálicas. 

Los sin sangre azul sabíamos que estábamos acudiendo como espectadores de monitor a la despedida de una reina irrepetible. Y lo digo en todos los sentidos. Pero el menos metafórico es porque no volveremos a ver una reina en el Reino Unido, por lo menos en tres generaciones. Pues el heredero de Isabel II, el rey Carlos III es hombre, a él lo sucederá su primogénito el príncipe Guillermo y a él le seguirá su hijo el príncipe Jorge. No sé si nos alcance el acta de nacimiento para ser testigos, nuevamente, de una monarca.

Antes de finalizar les quiero contar que el domingo previo a la ceremonia del último adiós a la reina Isabel (lunes 19 de septiembre), leí por completo el libro La ridícula idea de no volver a verte, de la célebre Rosa Montero. De todas las lecciones que me dio, hay una que a continuación comparto con ustedes: “Cuando alguien fallece hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común”. 

Este es nuestro final.

Adiós, Su Majestad.

Twitter: @betotavira

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